Adversario

          Te crees que es fácil.

          Te crees que realmente me quedo aquí, vencido y mudo de rabia, mientras desapareces cabalgando hacia el ocaso, con la chica abrazada a tu cintura sobre el caballo, triunfante en el conocimiento de tu superioridad.

     Hay que ser cretino.

     Me parto el pecho por ti, pequeño iluso que se cree héroe. ¿Crees que no puedo vencerte? ¿Crees que todas las veces que hemos cruzado espadas, cimitarras, disparos, conjuros, sables láser, no tenía en reserva mil triquiñuelas que te hubieran dejado en el suelo, roto y sangrante, para que te lloraran tus insulsas heroínas?

     Claro que sí.

     Y en lugar de eso, me dejo ganar. Te pongo en algunos apuros, claro (hay que mimar ese ego tuyo, prenda), apenas lo suficiente como para mantener el interés de la audiencia. Podría partirte en tres y atravesarte el corazón antes de que los pedazos cayeran al suelo, pero en vez de eso me concentro en hacer comentarios sarcásticos para darte la oportunidad de colar algunas réplicas memorables. Cosa que nunca haces, claro. Eres demasiado noble, demasiado bueno, demasiado perfecto, para decir otra cosa que no sean los tópicos mil veces manidos del triunfo final de la verdad, la justicia y el amor.

     Triunfo final del que, dicho sea de paso, disfrutas porque a mí me da la gana.

     El caso es que no te odio. Lo intenté, al principio, pero supongo que nunca puse demasiado empeño. Tienes presencia, y cierto carisma, a qué negarlo. Y el encanto de la juventud y la inocencia. Cuando te alejas triunfante tras nuestra batalla final yo me incorporo, maltrecho, y nunca llegas a ver la sonrisa breve, paternal, que me cruza el rostro como un soplo de brisa.

     No, no te odio, ¿cómo podría? No deseo nada tuyo. Tus heroínas, puedes quedártelas. Nunca me interesó Beatriz, nunca deseé realmente poseer a Ginebra ni a Briseida ni a Dale. Eran un medio más para llegar a ti, para forzar nuestro encuentro decisivo. Calculando cuidadosamente todos mis movimientos de manera que seas tú el que acabe en la posición ganadora. Poniéndotelo fácil en los diálogos para que el argumento moral definitivo salga de tus labios con naturalidad (“No soy como tú”, dices, con satisfacción en la voz. Si tú supieras, hijo mío, si tú supieras). Debes reconocer que he hecho un buen trabajo. Quédate con Leia, con Valeria, con Haydée, con Arwen. No las quiero. Nunca sabrás a quién quiero o a quién quise, porque yo te conozco, pero tú a mí no. Si algún día llegas a saber que te dejo ganar, no podrías saber por qué. Así de tonto eres. Héroe mío.

     No tienes ni idea de a qué extremos he llegado por ti. He traicionado patria, señor, Dios y honor por ti. He fingido (¡con qué habilidad!) redimirme mil veces ante tus ojos, renunciando al mal por ti. “Yo soy tu padre, Luke”. ¿Recuerdas? Todo, todo para que tu triunfo fuera absoluto.

     Te he dejado verme humillado, abyecto, vencido, pisoteado, He soportado tu piedad sin rechistar y jamás di a entender, ni por un momento, que tu heroísmo de cartón y purpurina me importa un ardite. Lo que sea por no empañar la gloria del último capítulo, o el beso final con el The End superpuesto en la pantalla.

     Sí, pequeñín, me necesitas. Y tampoco puedo dejarte saber cuánto me necesitas. No; debes llegar a la escena cumbre inocente y puro, totalmente seguro de tu causa. Debes creer que los obstáculos que pongo en tu camino son reales, y que cuando me vences, no es porque en el fondo me inspiras lástima y te dejo ganar. Incluso cuando dejas que el leñador me abra las tripas a hachazos, o perdonas, condescendiente, mi miserable existencia.

     Y yo lo soporto todo, y busco nuevos planes para dominar el mundo (como si me interesara semejante tontería), y cometo, adrede, errores estúpidos que ni un borrico subnormal drogado hubiera podido cometer, y me guardo mucho de demostrarte que a poco que me lo proponga hubiera podido matarte, y a tu chica, y a medio mundo, si me hubiera apetecido. 

     Porque, qué quieres que te diga, rey: son muchos años en esto.Me sé todos los trucos del oficio. Lo más difícil es buscar maneras creativas de perder; hay veces que eres tan, pero tan tonto, que tengo problemas para encontrar un modo mínimamente plausible de que me derrotes. Siempre maniobrando en la sombra, siempre tirando de los hilos lo justo para que creas que has vencido solito, sin mi ayuda. Aceptando quedar como un imbécil, pese a que soy, claramente, mil veces más listo que tú. Ya me gustaría a mí verte en mi lugar.

     Te crees que es fácil.

     Hijo de puta.

     Ven y prueba.
 
 

FIN

* * * 
Adela Torres, "Daurmith"

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