Como todos nosotros


Es un hospital.

El ancho pasillo se extiende centelleante, gris y azul. Hay puertas a ambos lados, todas cerradas, menos una, por la que asoma una silla de ruedas. Es aquí donde ocurre.

Sentado en la silla de ruedas hay un hombre. Quizá sea de mediana edad, pero parece mayor. Viste pijama azul pálido, una bata a cuadros, y pantuflas. De un soporte unido a la silla cuelga un gotero conectado a su brazo. La expresión del hombre es ceñuda y cansada a la vez. Mira a la nada con pasividad bovina, dando la espalda a lo que ocurre en la habitación.

Dentro, sólo una de las camas está ocupada. Por una mujer, pero no es una paciente: está arrodillada sobre el colchón, con las piernas separadas, a los pies de la cama recién hecha. Se inclina lentamente hacia delante, apoyándose en las manos, y sopla con suavidad a lo largo de las sábanas, arriba y abajo, arriba y abajo. Su aliento es cálido. Las sábanas parecen arrugarse un poco. La mujer saca una lengua rosa y limpia y lame el aire una y otra vez, arriba y abajo, un poco por encima de la tela, con los ojos cerrados por la concentración. El aire sobre la cama vibra suavemente, las sábanas se mueven, algunas sombras que no pertenecen a la tarde amarilla de invierno se dibujan bajo la lengua paciente y hábil de la mujer. En la cama se percibe una imagen apenas esbozada, como un reflejo en un cristal. La mujer se inclina sobre manos y rodillas, hacia delante, hacia atrás, lamiendo el aire, con su respiración cálida alentando la sombra, que pronto crece y se ahueca. Las sábanas se elevan, la figura toma consistencia, se hincha y expande como un pastel en el horno. Es un hombre, y no es perfecto. La mujer lame ahora piel sólida y elástica, respira sobre carne tibia. Sonríe, con los ojos cerrados, y emite un leve ronroneo de satisfacción.

El hombre de la silla de ruedas sabe lo que está ocurriendo. Nadie se explica la anemia constante que lo mantiene en el hospital, pero él sabe, desde la primera vez, que es la mujer quien le roba las fuerzas, la que requiere de su energía cada vez que crea a su íncubo de aliento y saliva. Aun así, el hombre de la silla de ruedas no dice nada, no hace nada; se sabe parte de algo más viejo y poderoso que él y se sienta, pasivo y ceñudo, en su silla de ruedas, como una araña macho que sabe que tras la cópula la hembra lo devorará, pero sin decidirse a hacer nada al respecto.

Tras cada visita, el hombre de la cama vuelve a su nada de aire y deseo. Pero no para siempre. Un día absorberá demasiada realidad, demasiado olor de lejía y formol, y se liberará de su creadora-destructora para caminar libre por la tierra. Nadie notará nada diferente en él: fue traído al mundo por una mujer. Como todos nosotros.

***
Adela Torres, "Daurmith"
 

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