Hambre


El invierno terminó lo que el otoño había empezado, y mató el bosque. Gran parte de los árboles había muerto, y ahora los troncos y ramas, pelados y resecos por algo que ninguna primavera volvería a curar, crujían y susurraban mientras los últimos animales que seguían vivos luchaban por extraer alimento de las cortezas muertas y la savia inerte. Ya sólo quedaban los carroñeros, e incluso la carroña se estaba terminando.
 

Al menos, el bosque todavía podía proporcionar leña, pensó el joven, aunque la madera fuera negra y quebradiza, y ardía poco y mal. Tuvo que internarse mucho en el bosque, buscando los pocos árboles que todavía no habían sucumbido a la extraña plaga, y tan concentrado estaba en recoger suficiente leña que no se dio cuenta de que la luz del sol se había vuelto roja y mortecina hasta que llegó al claro y vio la cabaña.
 

Detrás de él, en la fría penumbra rojiza, los árboles negros y desnudos parecían barrotes de una jaula, y no estaba claro si las formas oscuras que se deslizaban silenciosas tras ellos eran las que estaban dentro de la jaula, o era el joven el prisionero. Al otro extremo del claro, la cabaña era una edificación ruinosa de piedras mal encajadas cubiertas de musgo seco y madera semipodrida. Pero era, al fin y al cabo, un signo de vida en el bosque inhóspito, y el joven se acercó.
 

El hambre, o el invierno, no dejaban muchas esperanzas de que hubiera alguien en la cabaña. A un lado había un pequeño espacio vallado, quizás un huerto. El joven se acercó, esperando que todavía contuviera algo, y así era. Pero no lo que esperaba. En el reducido cuadrado de tierra reseca y agrietada sólo se veían dos rústicas cruces de madera, y al pie, las formas alargadas de sendas tumbas. Pequeñas.
 

Y abiertas.
 

La luz desaparecía y con ella las opciones del joven, que dejó el hato de leña en el suelo y empujó la puerta desvencijada de la cabaña. Mejor pasar aquí la noche, por muy desolado que sea este lugar, se dijo, que dormir sobre el suelo del bosque muerto.
 

Esperaba un interior totalmente a oscuras; se sobresaltó al notar que en la minúscula chimenea ardían los últimos rescoldos de un fuego, rojos y negros como el anochecer que acababa de dejar atrás. A su luz se veía una sola habitación, de muebles destartalados y cubiertos de suciedad. En un lado, a ras de suelo, la silueta de un jergón se adivinaba desdibujada por un montón de mantas raídas y manchadas que quizá, o quizá no, ocultaban un bulto. 
 

Y una figura sentada a la mesa.
 

Gris y encorvada, reseca como uno de los árboles del bosque, parecía igual de muerta. El joven creyó que lo estaba hasta que vio moverse la cabeza cubierta de pelo enmarañado, y a pesar de su sobresalto, pensó “No han muerto todos. Gracias al cielo, no han muerto todos”.
 

Era, podía ser, una mujer. Los ojos hundidos, acuosos, miraron en su dirección, pero claramente estaban viendo otra cosa. La boca de labios ennegrecidos se curvó en una sonrisa, y luego se abrió para dejar salir un sonido largo, agudo, extraño, mitad silbido y mitad crujido, que se curvó hacia abajo como uno de los árboles muertos del bosque, cediendo por su propio peso. Una mano como un esqueleto se movió en un gesto vago sobre la tabla de la mesa, y el joven miró por primera vez, y vio la pila de huesos. Descarnados como el bosque. Roídos.
 

Pequeños.
 

Pequeños.
 

“No sirve de nada”, oyó susurrar a la mujer, con una voz que dolía como vidrios rotos, mientras el olor a tierra removida de las tumbas llenaba de pronto la cabaña. “No sirve de nada”, dijo.
 

“Aún tengo hambre.”
 


FIN

* * * 
(c) Adela Torres, "Daurmith", 2002

Volver al índice de relatos
Volver a La Biblioteca de Babel
Dime qué te ha parecido