La luz se arrastraba plomiza y mortecina entre
los estantes, resaltando los grises del polvo y las telarañas
abandonadas
en los rincones.
Era un lugar triste para morir. Una biblioteca
no es un lugar de muerte, sino de sueño, donde sólo los
cuerpos están
inmóviles, mientras la mente vuela y se
despereza. Y sin embargo, fue aquí donde murió. Solo e
inadvertido, su
cadáver quedó entre la mesita
auxiliar con la lámpara de pantalla verde y las altas ventanas
francesas que daban al
jardín. El ligero toque de ironía,
indudablemente británico, fue que la familia no se dio cuenta. El
mayordomo,
al día siguiente, al entrar para descorrer
las cortinas, encontró el cadáver, ya tieso y frío,
y reaccionó con toda
la flema que cabe esperar de un mayordomo de la
vieja escuela. “Miss Chaffins”, dijo el digno doméstico, “sea tan
amable de acercarme la pala del carbón y
un periódico viejo. Hay un ratón muerto en la biblioteca”.
FIN
* * *
(c) Adela Torres, "Daurmith", 2002
|