Una va mucho en coche (y en tren, y en avión). Viajes largos, por autovías, con pocas cosas reseñables. Se encuentra un mundo más variopinto yendo por USA, o quizá es que no voy por los sitios adecuados. Pero el factor de variedad lo ponen los camareros de las áreas de servicio. No hablo de los de los restaurantes de autoservicio, pobres, que hacen lo que pueden tras un mostrador lleno de ensaladas tristonas cubiertas de plástico o intentan en vano hacer apetitosos los bocadillos de mediocre jamón serrano. Hablo de los que trabajan en bares-restaurante de los de toda la vida que aún conservan la barra de zinc o de acero inoxidable y paredes de azulejos; esos que disponen cuidadosamente una batería de platillos con cucharilla y sobrecito de azúcar para servir cafés a velocidades relativistas cuando llega la invasión de autobuses turísticos.
En estos casos te encuentras de todo. Desde la camarera pequeñita y malencarada que atiende tu tímido “un café con leche y una tostada, por favor” mirando muy fijamente al suelo y que parece odiar tu mera existencia hasta el jovenzuelo delgado y nervioso que, sin dejar de hablar a mil por hora con otro parroquiano, me puso delante el café, la tostada, un plato de monodosis de mantequilla y mermelada, otro con lo mismo pero rebosante de zurrapas y sobrasada, una tarrina de mantequilla con sal, otra de margarina sin sal, un tarro de plástico de medio kilo de (también) zurrapas a medio terminar, otro intacto por si acaso, una botella churretosa de aceite de oliva y un salero. Cuando le pregunté, no sin cierto pánico, si esperaba que me lo terminara todo, me miró muy fijo un par de segundos, parpadeó, y desapareció por una puertecita tras la barra.
O el de ayer, sin ir más lejos. Llevo dos días de mucho coche y me lo estoy tomando con calma, así que paro en un área de servicio y recorro mis buenos veinte metros bajo un sol que hubiera vaporizado el adamantium hasta una cafetería amplia, bien iluminada, con el suelo de brillantes baldosas de mármol marrón muy de los ochenta y sillas de plástico blanco. En la barra, taburetes tapizados de skay rojo oscuro, con respaldo. Uso uno para aposentar mi bolso-alforja.
—Buenos días.
El camarero asiente. Sigue un silencio.
—Uuun… café con leche yyyyy… ¿Tienen zumo de naranja?
El camarero asiente.
—¿Natural?
El camarero asiente. Empiezo a darme cuenta de cierta asimetría en la conversación.
—Pues un zumo de naranja, por favor. Y media tostada.
Espero. El camarero espera. Me quedo mirándolo con placidez, aguantando los segundos con paciencia de rumiante. Él se pone un poco rojo.
—Dequéquierelatostada —murmura al fin, al parecer al borde de un ictus por el esfuerzo.
—¿De qué tienen? —pregunto con malicia. A los ojos del camarero, abocado a la comunicación verbal, asoma el abismo de la desesperación. Y me da pena.
—Supongo que de todo, ¿verdad? —vuelvo a las preguntas cerradas, cediendo mi ventaja. El camarero sonríe de oreja a oreja, aliviado. Y asiente.
—Pues de tomate —digo, y él, claro, asiente. Y me prepara un desayuno riquísimo, que devoro con ganas y en respetuoso silencio lleno de admiración profesional.