Ayer fue día de dar una vuelta por el pueblo. Hacía una tarde preciosa, fresquita, colorida, y el cielo parecía una postal impresionista. Fuimos a un lugar que se llama “El balcón de Pilatos”: un caminillo que bordea la nava del pueblo, con unas vistas estupendas del río Palancia.

El río Palancia a su paso por Navajas

Vistas estupendas, como decía.

Nosotros íbamos en realidad a ver si estaban las cabras. Hay un pequeño rebaño de cabras asilvestradas en el monte que enfrenta a la pared de la nava. Descaradas e inteligentes, suelen bajar al camino y a la zona de picnic para hacerse fotos con los turistas y robarles los bocadillos. Tienen mucho éxito aunque el cabrón (el macho mayor, vaya) se pone muy celoso cuando alguien se acerca a alguna de sus hembras, y se interpone con educación pero con firmeza, bajando un poco la cabeza, en plan “inténtalo y veremos quién está como una cabra”. Es todo muy bonito y con el punto justo de bucolismo para no generar alarma entre la población dominguera y mayoritariamente urbanita que viene a probar su equipo Quechua por las rutas de la comarca.

Pero ayer no había cabras. Tras un rato de buscarlas infructuosamente por la pared (es sorprendente lo poco que se distinguen 6 cabras blancas y negras sobre un fondo verde y marrón) decidimos emprender la vuelta a casa. Se ponía el sol y estaba todo color calabaza: color de cuadro de pintor valenciano. Mi madre renegaba al respecto, pidiéndole al crepúsculo un poco más de rosados para quedarse enteramente a su gusto. Yo, sin nada que objetar, miraba a mi alrededor buscando pajaritos. Tres urracas malhumoradas salieron volando de un olivar.

—Huy, mira, un bicho —dijo mi madre de improviso. Código para “excursionista” (sorry; esta es otra guerra de la que hablaré algún día). Miré con curiosidad.

Al otro lado del río, en lo alto del montecillo, un excursionista con mochila salía de la sombra de los pinos y se encaminaba decidido pendiente abajo. Tenía el aire feliz y despistado de alguien que cree que va a encontrar un camino por el que bajar al río, pero no: la cima redondeada da paso a una pared de peñas verticales.

—Se va a esgorgolar —observé yo. “Esgorgolar” es un verbo que adoro con locura. Significa, en esta zona del mundo, “despeñarse por un barranco”. Pensé que iba a ver mi primer esgorgolamiento en directo. El excursionista persistía, tenaz, en su intento de bajar la cuestecilla. En cualquier momento resbalaría en las piedras sueltas y hale, esgorgolado.

—¡Por ahí no! —le gritamos. Hicimos aspavientos. Mi padre le silbó, un silbido de esos que llegan dos zonas horarias más allá y que nunca he sabido cómo emitir, pero que envidio profundamente. Yo llevaba una chaqueta roja y asumiendo que me vería más fácilmente me puse a hacerle señales como un mozo de pista majareta para indicarle que volviera por donde había venido, así en plan agitar mucho los brazos para decir “por ahí no”-indicar camino correcto con brazos en diagonal hacia los pinos por los que había venido-dar saltitos a modo de refuerzo positivo del mensaje. Todo sea por evitar que se esgorgolara, porque llevaba camino de ello. Hasta le hice una foto por si luego había que identificar el cadáver o algo.

Pero no. Pareció vernos y entendernos porque echó a andar cuesta arriba de nuevo. Esgorgolamiento evitado. Viva nosotros. Y entonces pasó algo extraño.

Se detuvo, nuestro esgorgolado en potencia, en lo alto de la lomilla y estuvo un rato haciendo extraños aspavientos. Emergió de ellos sin mochila y sin chaqueta, que dejó sobre lo que parecía una piedra.

—Ay, que se nos tira —dije yo, nada dramática. ¿Para esto me había tomado tantas molestias? Si quería esgorgolarse pues que se hubiera esgorgolado con todo el equip… Ah no, espera, qué hace.

Lo que hizo fue desaparecer tras un pino joven, y a los pocos segundos rodearlo y reaparecer dando un salto. Lo juro. Un señor adulto que se pone a dar vueltas a un pino en lo alto del monte y a dar un salto en cada vuelta. Lo repitió unas diez o doce veces. Entre vuelta y vuelta se agachaba y hacía cosas entre las piedras y luego tórnali a rodear el pino y reaparecer, alehop, con un saltito de mover mucho los brazos. Tirarse no sé, pero tonterías estaba haciendo un montón, así que, preocupados, seguimos vigilando sus evoluciones. No estábamos seguros de que el peligro de que se esgorgolara hubiera sido conjurado.

Se nos unieron dos personas más. Ya tenía una pequeña audiencia muy interesada en su carrerita-vuelta al pino-saltito alehop-repetir. Yo estaba intrigadísima hasta que uno de los recién llegados nos dio la clave: “Se está haciendo un selfie”.

¡Pues claro! Temporizador de cámara (de ahí la vuelta al pino) y selfie de saltito sobre hermosa perspectiva de garganta boscosa. Miradme disfrutar de la naturaleza, mirad cómo floto ingrávido sobre la cárcava. Alehop. Por poco fue “mirad cómo me esgorgolo” pero afortunadamente había elegido un buen sitio en el que una caída no lo hubiera llevado a la muerte o lesión grave 60 metros más abajo, sino solamente a un par de magulladuras.

Al parecer quedó satisfecho de sus intentos por fin y se puso chaqueta y mochila, desapareciendo por donde había venido. Nosotros seguimos nuestro regreso a casa, más tranquilos, a la luz menguante del anochecer color calabaza.

Termina un día más sin lamentar esgorgolamientos

Y eso. Que me apetecía contároslo. Y abusar del verbo “esgorgolarse”.