Es un aluvión.
Están en todas partes. Recorren los complicados senderos cementados del campus como partículas subatómicas buscando con qué colisionar. Algunos rozan la velocidad de escape mientras se inclinan leve y armoniosamente para dirigir sus -gigantescos, estilizados- monopatines. Las caras familiares del verano se pierden ahora en un mar de caras nuevas, desconocidas.
Este año los alumnos se llevan bajitos, delgados, y en chancletas. De esas de tira. Ellas llevan las uñas de los pies pintadas en tonos vivos e interesantes. Las mochilas son lo que más destaca: prodigios de tecnología espacial. Una o dos rígidas, metalizadas, como un pack espacial de los de Flash Gordon o Buck Rogers. Las más, llenas de entrecruzados de cuerda elástica y misteriosos bolsillos escondidos para llevar botellas, latas, el móvil. Ergonómicas, transpirables, ajustables, impermeables, automatizables, programables. La repera en mochila. Quiero una. Las quiero todas.
Estamos a principios de curso y aún no han venido las lluvias, así que los alumnos aún hablan entre ellos entre clase y clase. Algunos incluso ríen. Navegando a contracorriente entre ellos, como un salmón, se pillan frases sueltas. “Hoy tengo tres clases”. “…dos sofás, pero no tenemos sillas”. “Mi madre se ha ido por fin”. “Mi compañera de cuarto quiere estar sola esta noche con su novio, y le dije…” “¿Vendrás luego a Estudio Bíblico?”. Retazos.
Han quitado la exposición de colchas de retales. Los escaparates del MU están vacíos y bañados en luz color crema, esperando el próximo ejemplo de creatividad. Por contrastre, los sofás de la sala común están llenos de alumnos leyendo o cuchicheando en la luz plomiza de la tarde. El campus está lleno de carteles con flechas indicando las direcciones a diversos edificios, escuelas, o lugares de interés. Milam Hall. Waldo Hall. Computer Science Labs. Dorms. ID Center, donde te dicen quién eres. Esquivando los carteles con soltura, alumnos con camisetas logotipadas reparten folletos: Road Trip Nation, nuevas iglesias sin denominación, invitaciones a fiestas, publicidad del equipo de lacrosse. Ofertas especiales de los restaurantes de la calle Monroe: coma más por menos.
Stephanie se ha apuntado a clases de claqué. Me ha costado dos días convencerle de que yo no quiero seguir sus pasos. Ahora me cuenta lo que ha aprendido en cada clase: the shuffle, the sidestep, the pendulum. Sus zapatillas tabletean en un staccato irregular contra el linóleo del lab, y yo finjo interés. Todo es cool y todo es wonderful y todo es fun y todo es fantastic; se le acaban los adjetivos antes que el entusiasmo. También me cuenta que se ha comprado unos zapatos, y dónde, y cómo son. Me siento Connie Willis con acento.