La gente habla mucho de la inmensidad del cosmos, de los misterios de las profundidades oceánicas, terrores lovecraftianos, pulpos gigantes, el gato que vino del espacio, blablablabla.

Y el caso es que a mí me inquietan mucho más los ríos. No exactamente los ríos tipo Orinoco, con hipopótamos y Stewart Granger y demás, sino los afluentes, los tributarios, los arroyuelos, las corrientes de caudal modestito que serpentean y se estancan en zonas quietas; esas aguas verdes, turbias, ligeramente pútridas, acribilladas por cañas e hinchadas de algas. Todas las mitologías ponen deidades en esas aguas, y no precisamente deidades simpáticas y de buen corazón. Se entiende por qué si alguna vez te has sentado a la orilla de uno de esos ríos. Pero tienes que apreciarlo todo: las danzas caóticas de los mosquitos sobre el agua, el olor húmedo y tibio de la vegetación podrida, el aire quieto, ligeramente amenazante. Tienes que meter las manos en el agua y percibir las hebras de corrientes casi imperceptibles, creadas por la miríada de cosas que viven bajo la superficie aceitosa, cruzada de tijeretas. Tienes que sentir el tacto sedoso del limo del fondo y llegar hasta la capa pegajosa de tarquín, negra y maloliente. Tienes que darte cuenta de todas las cosas extrañas que viven en ese microcosmos de quitina y membranas. Tienes que seguir con la mirada el tallo combado de un junco, manchado de barro seco depositado por el agua de alrededor y luego limpio, verde y oscuro, hogar y coto y alimento de cientos de cosas más extrañas que los dioses. Quien nunca haya visto una larva de libélula no se ha dado cuenta de hasta qué punto la imaginación de los escritores de ciencia ficción se queda corta. Una sola gota de agua del mundo de las aguas quietas contiene más cosas increíbles que doce mitologías.

Y un nivel más arriba de este mundo, junto a tí, un descendiente de los dinosaurios deja las huellas de sus patas escamosas en el lodo de la ribera y se alimenta de estos pequeños dioses translúcidos, musitando “pío, pío”.

Sí; a mí me inquietan mucho más los ríos.