Andaba yo hace un rato comiéndome un bocadillo en el Memorial Union de aquí cuando sonó la alarma de incendios.
Esto, dicho así, suena, no sé… muy normal. Y salvo que la mitad del bocadillo quiso asomarse a ver qué pasaba, del susto, lo cierto es que fue muy normal. La gente, la poca gente que había dentro, se levantó, con expresiones entre curiosas y esperanzadas (del tipo de “a ver si por fin pasa algo interesante), y salió con calma, entre charlas y risas. Personal provisto de walkie talkies se dedicó a recorrer el edificio avisando del evento, por si los bocinazos histéricos de la alarma no eran pista suficiente. Salimos todos al aire recocido de finales de verano, y yo, decidida a no perderme nada, me senté con la espalda contra un muro de piedra y busqué en vano las rojas lenguas del fuego, las negras nubes de humo, algún tópico, lo que fuera, no sé. Una chispita, aunque fuera. Una pavesita revoloteando desde una ventana. Una justificación para los aullidos infernales que aún rebotaban contra las paredes de mi oído interno.
Llegaron bomberos invisibles. No se les veía, pero se oían las sirenas, el tiruriru teatrero y peliculero que aquí es tan corriente. No sé por dónde entraron, ni si entraron, ni nada. Poco después el doppler arqueó de nuevo el sonido de las sirenas, ahora en sentido contrario. No se vio ni un uniforme, ni un casco, ni una manguera. Un señor bajito se asomó a la puerta y con un potente alarido de pregonero de pueblo informó que la alarma había pasado. Todos volvimos a entrar, yo pensando que probablemente alguna avispa aleteó demasiado cerca de uno de los detectores de humo, que aquí son bastante histéricos, y el trasto se lo tomó a mal.
En inglés es “fire alarm”. ¿Sabrán por qué se dice “alarma”? El Webster sí lo sabe. Seguro que les encanta el origen de la palabra.