Nash Hall es un edificio sólo apenas menos confuso y laberíntico que Cordley Hall, dos de mis lugares temidos del campus. Entras allí, aplicas la lógica para orientarte, y fallas estrepitosamente.
Por eso, cuando ayer fuimos a Nash Hall en busca de un centro de suministro de Invitrogen para adquirir 100 mililitros de fenol saturado (no pregunten), nos perdimos. O más bien mi guía se perdió. Llegado que hubimos a la sala que ella creía correcta, nos encontramos a una mujer apilando cajas de embalaje. “Lo están llevando todo a los almacenes”, nos dijo. Mientras boqueábamos confusas, y antes de que a mi guía se le ocurriera la pregunta salvadora (“¿Es este el centro de suministro de Invitrogen?”; no lo era, pero eso lo supimos luego), la mujer vio mi camiseta, que exhibía sobre el pecho un divertido dibujo de hobbits dándose una comilona, y el lugar de una de las convenciones anuales de la [{Sociedad Tolkien Española http://www.sociedadtolkien.org/}]. No diré que se le iluminó el semblante, pero acercó a mí su amplia y sonriente humanidad y afirmó “Eres fan de Tolkien”.
A qué negarlo, lo soy. Y así lo admití, en parte porque es verdad y en parte porque, tras cinco años de vivir aquí, era la primera persona que reconocía a primera vista el nombre de una ciudad élfica. Se siente una bien cuando pasa algo así, cuando alguien desvela un interés común que no crees tan común.
La siguiente pregunta de la fan de Tolkien fue “¿Qué te parecieron las películas?”, lo cual ha llegado a ser una pregunta muy extendida, cómo no. Le di una respuesta positiva con el grado justo de caveats, y de inmediato me encontré siendo objetivo de una diatriba cortés pero feroz respecto a las carencias de las películas. Las tienen, evidentemente; y estaba claro que mi interlocutora rabiaba por sacarse de encima mucha bilis. Dejé que se desahogara, asintiendo de vez en cuando, matizando alguna que otra vez, mirando por el rabillo del ojo la expresión un poco atemorizada de mi guía, cuyo error le había llevado al centro de una discusión arcana sobre la trascendencia y la inmanencia en la obra de Tolkien, poco más o menos.
Básicamente, mi colega en Tolkien se quejaba por todas las cosas que salen en los libros y que no salían en las películas; una queja válida hasta cierto punto con la que me mostré de acuerdo también hasta cierto punto. Claro que la discusión se enturbió un poco porque, a pesar de reconocer haber perdido la cuenta del número de veces que había leído los libros, mi nueva amiga parecía incapaz de recordar los nombres de los personajes principales. Le recordé cortésmente cuál de los hobbits fue a Gondor y cuál se quedó en Rohan como copero del Rey, sabiendo que al hacerlo mi guía empezaría a retroceder pasito a pasito por si yo empezaba a echar espumarajos, y tras quince minutos de placentera discusión friki, me despedí a la americana, es decir, dejé a mi interlocutora casi con la palabra en la boca y me largué. Ella se lo tomó a la americana, es decir, como la cosa más natural del mundo, y mi guía y yo partimos a paso levemente acelerado en busca del elusivo fenol.
Cuya obtención resultó ser digna de algún poema épico, de paso. Pero esa es otra historia.