Como serie de televisión ajustada a una fórmula cual damisela victoriana a un corsé, hay pocas que ganen a Colombo. Quizá el Equipo A, no lo sé, pero desde luego Colombo se lleva la palma. Está todo tan, pero tan previsto que la emoción no está en averiguar quién es el asesino, sino en ver cómo el teniente chiquitín y astroso de la voz cazallera va tejiendo sus redes en torno a la víctima, que siempre se cree muy lista. Incluso en los episodios en los que el guionista, seguramente borracho, se olvida de decirnos quién lo hizo, siempre queda el recurso de fijarse en cuál es el actor secundario más conocido (siempre resulta ser el asesino o la asesina), o bien a quién dedica el teniente más tiempo, sonrisas y piropos.

Va a tener razón Terry Pratchett: la gente quiere que le cuenten cosas que ya saben. Esperamos la gabardina arrugada, el diálogo con la referencia a la nunca vista señora Colombo, la batería de preguntas, el teniente yendo hacia la puerta y el asesino relajándose por fin, y luego la pausa, el cuarto de vuelta, la mano levantada en un gesto apologético, el “Perdone, señor, una pregunta más…”, y el gradual cambio de la actitud del malo maloso, desde una divertida condescendencia a una irritada inseguridad. Cambian las circunstancias del mundillo en que se mueve el teniente, pero el resto es tan previsible como el trueno que sigue al relámpago.

Yo le tengo cariño a Colombo, aunque sólo sea por un episodio en el que el teniente, con un estilo y una contundencia que honran al guionista del capítulo en cuestión, desenmascaró los trucos usados por un supuesto “psíquico” en un experimento de visión remota. Más episodios como ese harían falta, más, y menos series de televisión glorificando lo paranormal.