Hay que preguntárselo a Richard Lester y su dos-pelis-en-una. Dos maravillas llamadas The Three Musketeers y The Four Musketeers.

Es que, veréis: hace calor, y se han juntado demasiadas cosas en pocos días, y hace calor, y la verdad es que hace, en fin, mucho calor. Y en estos casos una puede ver algo de Joss Whedon o, si lo ha visto hace poco, puede buscar alguna película de esas llamadas “de escapismo” (pero hablamos aquí de la fuga del prisionero preconizada por Tolkien).

Mi elección ha recaído en la primera de las dos películas de Lester, adaptando la primera parte de la novela de Dumas. Creo que alguna vez he mencionado que me encanta Dumas, y si no, lo menciono ahora: me encanta Dumas. Es la perfección hecha folletín, y el folletín hecho perfección.

Yo, como seguro que muchos de vosotros, llegué al libro gracias a Clásicos Ilustrados, la serie de dibujos de Dartacán, y un número variable de adaptaciones de Hollywood, lo que quiere decir que realmente conocía lo mínimo: los nombres de los personajes, y que por alguna razón tenían que irse a buscar unos herretes, que no había manera de saber lo que eran. Y que había muchas peleas a espada. Y que el malo era Richelieu.

Todo lo cual no vale en absoluto para hacerse una idea de lo maravilloso que es el libro de Dumas, donde los mosqueteros se revelan como unos magníficos buscabroncas, pendecieros, aprovechados, ladrones, timadores y oportunistas. Y d’Artagnan, gascón, ingenuo, impulsivo, libertino, pronto encaja a la perfección con sus tres extraños compañeros. El libro abunda en escenas menos que heroicas pero más que memorables, y está lleno de humor y de irreverencia. Dumas dominaba el recurso fácil y el diálogo rebuscado, pero también la sátira y el tempo narrativo a la perfección. Y no hay más remedio que sentir simpatía por unos héroes tan poco heroicos y admiración por un malo tan sutil y eficiente como Richelieu.

El material aventurero del libro es muy goloso, y de ahí el gran número de adaptaciones al cine antes mencionadas. Pero la mejor, la única para mí, es la de 1973, dirigida por Richard Lester. El reparto es totalmente perfecto, y el guión, como todas las buenas adaptaciones, respeta el espíritu del libro cuando no puede respetar la letra (y la letra la respeta sorprendentemente). La película, la primera al menos, está rodada en clave de comedia, como buena parte del libro, y añade por su cuenta una generosa dosis de enérgico slapstick que funciona de maravilla en el contexto y que a menudo arranca la carcajada. El libro es irreverente, sí, y la película lo es casi más. Visualmente es un auténtico festín, con exteriores e interiores perfectamente encajados, y con una plétora de extras a cuál mejor proporcionando un telón de fondo estupendo para mostrar, caricaturizada pero no tanto, la brutalidad de la época.

Cuando vi la película por primera vez, lo que más me sorprendió fueron las peleas a espada. No eran bonitas, como se supone que deben ser en las películas. Estos mosqueteros no eran Errol Flynn ni Basil Rathbone, danzando y haciendo piruetas con estilo impecable. Patadas, cabezazos, empujones, los mosqueteros usaban lo que había a mano, sin elegancia pero con una eficiencia impresionante. Y esto, además de la preciosa ambientación, hace que la película sea todavía mejor. No has visto una pelea a espada, como debían ser entonces, hasta que no has visto a Oliver Reed lanzarse contra un adversario, capa en la siniestra, espada en la diestra, arreando unos mandobles que más parecían estacazos y ayudándose con los pies, la cabeza, los codos, y si hacía falta los dientes. Un poco más y me aparto yo.

En la pantalla, Athos tiene más sustancia con la mirada sombría y vinosa de Oliver Reed. La joie de vivre de Porthos es más aparente en la actuación llena de energía de Frank Finlay. La afectada elegancia de Aramis, puño de hierro en guante de terciopelo donde los haya, es sutil pero eficazmente retratada por un excelente Richard Chamberlain. Nadie como Michael York, probablemente en el mejor papel de su carrera, para transmitir la juvenil energía y la evolución de d’Artagnan. Una hilarante Raquel Welch hace bonito y hace reir como la hermosa pero torpona Constance Bonacieux. Y nadie mejor que Faye Dunaway para dar vida a la aterradora Milady de Winter, el peor enemigo de d’Artagnan sin duda, a años luz de Richelieu (un efectivísimo Charlton Heston), que tiene otras cosas en las que pensar. Y los secundarios de la película están todos a la altura (y a veces superando) al reparto protagonista. Por no mencionar al siniestro Rochefort: Christopher Lee, y con eso queda todo dicho.

Así que, yo de vosotros, si queréis pasar un buen rato, me lo planteaba. En serio. Además, luego probablemente tendréis ganas de aprender esgrima.