“En la imaginación humana los acontecimientos producen el mismo efecto que el tiempo” es la primera frase, si no recuerdo mal, de “El cazador de ciervos”, la novela de Fenimore Cooper con un joven e insoportable curita, digo, Ojo de Halcón. Por esa lógica y dado que mi fin de semana ha sido empleado en trabajar primero y vegetar después, no debería haberse registrado en el radar más que como un parpadeo, artificialmente comprimido por la falta de actividad. Y de hecho lo ha parecido.
Pero la culpa de este acelerón temporal no es de haber pasado el poco fin de semana que quedaba vagueando en el sofá y entregada a distintos tipos de ficción, asomando la nariz al horno que es la calle solo para asegurarme de que sigue ahí y para sacar la basura. La culpa la tiene el iceberg insoslayable del lunes, que hace que ser consciente de la hora sea como ser consciente de una cuenta atrás del mal rollo.
A lo mejor a Fenimore Cooper le pasaba algo así y para él lo extraordinario era la vida vegetativa. Quizá seguramente por eso el héroe de sus novelas tenía como cualidad salvadora, no poder darle en el ojo a una perdiz a muchocientos pasos o saber rastrear a una polilla, que eso es rutina para él, sino lanzar insoportables discursos moralizantes y sermonear jovencitas. Para él su fin de semana ideal debía ser cuadrar balances por placer y clasificar calcetines por colores, para contrastar.
Así que no os metáis mucho con los que pasamos fines de semana como si fuéramos gatos, adorando al sofá y con vértigo relativo al ver moverse el sol tan tremendamente rápido comparado con nuestras ondas cerebrales. Imaginaos qué es lo que tenemos que compensar el resto de la semana.