Hoy, en el laboratorio. El jefe no está y hay un curioso vacío. Yo en mi mesita, desojándome buscando el principio de un exón.
Aparece Ralph por el lateral derecho. Ralph trabaja en un laboratorio vecino. Es bajito, medio calvo, delgado con la leve convexidad abdominal provocada más por edad que por algún pecadillo gastronómico. Tiene ojillos pequeños incrustados en una red no lineal de arrugas que dejaría avergonzado al mapa de la www. Avanza por el laboratorio cual ninja por terreno enemigo, buscando gente que no está, hasta que me ve. Establecemos contacto visual. Sonreímos. Me ahorro la pregunta sacramental USera (“Can I help you?”) porque Ralph se me adelanta en el diálogo de aquesta guisa:
-¿Ha venido por aquí vuestro lavavajillas?
Pausa, durante la que mi sonrisa se queda un poco fija y un asomo de pánico flota desde el fondo de mis ojos, sin que se note mucho. Breve pero inquietante imagen mental del electrodoméstico en cuestión (un pesado trasto de aluminio que tenemos en una sala común junto con los autoclaves) dándose un garbeo matutino por los laboratorios a ver si se ha dejado algún matraz por fregar, cual empleada doméstica concienzuda. Recuerdo que a Ralph le gusta el vino y me pregunto si no habré subestimado su grado de afición a los ricos caldos de uva. La pausa se alarga, mi sonrisa se cuartea como la Gioconda.
Reconfiguración neuronal de mi área de Broca, o lo que sea, durante la que me doy cuenta de que Ralph se refiere a Gerrick, el alumno que viene a fregar los cacharros, preparar disoluciones, y otras dignas tareas de aprendiz en el sacerdocio de la ciencia. Por alguna razón, en inglés se les llama “dishwashers”, o sea, “lavavajillas”, lo cual no por descriptivo es menos confuso. Pasa el instante de pánico y se reanuda la comunicación normal, durante la que tomo el recado de avisar a Garrick. Ralph se despide, sin saber que durante un breve instante he dudado de su estado mental. Y del mío.
Acaba de llegar nuestro lavavajillas; le he dado el recado, todo está en orden. No sé si irme a dar una vuelta antes de que entre alguien más preguntando por dónde anda nuestra cafetera.