Enfrente de mi casa hay otra (¡toma ya! ¡Y lo he dicho sin ensayar ni nada! ¡Me ha salido así, espontáneamente! ¡Yupi por mí!). Dentro de esa casa viven criaturas, conocidas por defecto como seres humanos, pero mejor definidas por el término “estudiantes”. De vez en cuando, frente a la casa, aparca un cochecito rojo con asientos forrados en falsa piel de cebra (es triste, pero cierto), y de él pueden salir dos tipos diferentes de criatura: o bien una jovencita rubia y espigada, que muchas veces lleva a cuestas una aspiradora industrial (a mí no me pregunten), o bien un jovencito desgarbado de pelo naranja, que suele llevar la cintura de los pantalones a mitad de glúteo (es moda; ya empieza a pasar, gracias sean dadas a todos los panteones divinos). Esta tarde ha coincidido que he visto llegar el coche, y ha salido el jovencito. Seguido de un pato.

Sí, sí: un pato. Una anátida. Muy majo, con la cabeza negra, y el cuerpo color arena y blanco. De inmediato se ha ido todo decidido calle abajo, y el chico se ha lanzado en pos suyo, agitando los brazos de la manera aprobada por todos los manuales de los granjeros para dirigir los pasos de un pato en la dirección deseada. El pato, que estaba dando vueltas, muy ocupado examinando el vecindario (y, es de suponer, renegando por lo bajo del día horrible que hace hoy), no hacía ni caso del chaval, que le indicaba por gestos lo bonita que era la casa y lo bien que se lo iba a pasar. Finalmente, sin duda convencido por la locuacidad del joven, el pato le ha seguido hacia el patio trasero de la casa cual perrito bien educado.

Hay, sin duda, cosas más raras en el mundo que ver a un pato seguir a un chico por una calle lluviosa un lunes por la tarde. Pero en la escala de rareza de Corvallis, esta se gana una buena nota.

Añadido más tarde: Pablo me ha contado un detalle encantador: en Albany, ciudad pequeña a unos 15 kilómetros de aquí, aparte de pasos de cebra, hay pasos de patos, convenientemente señalizados. Y los patos pasan en ordenada fila india, mamá pata y sus patitos, mientras los coches les ceden cortésmente la preferencia. Eso es civilización y lo demás, cuentos.