-¿Tenéis unos minutos para contestar una encuesta sobre analgésicos?
El lugar, Valencia, en una calle bonita del centro. La preguntadora, una mujer de mediana edad, que nos sonreía sin mucha esperanza. El tiempo, fresquito: nubes y claros, brisa leve. El tráfico, fluido. Las obras, interminables. Se cernía la hora de comer, pero aún desde cierta altura.
Mi amiga y yo, que veníamos de varios recados, nos miramos, buscando alguna excusa.
-Por vuestra amabilidad os regalamos un décimo de lotería y una caja de bombones -insistió la mujer, jovial. Y como a nosotras nos gusta ayudar a las empresas que, mediante astutos estudios de mercado e ingeniosas encuestas, buscan la mejor manera de promocionar su producto, accedimos a la encuesta. Por razones, me apresuro a aclarar, totalmente altruistas.
La mujer, encantada con nuestra desinteresada colaboración, nos guió al primer piso de un hotel con solera de la ciudad, haciéndonos pasar a una habitación minúscula sencillamente equipada con tres mesas, algunas sillas de plástico, y cinco ordenadores portátiles. Un caballero entrado en años y una joven estaban ya en plena encuesta, trabajando muy concentrados. Otra mujer, más joven, vestida con un jersey, nos recibió con aire un poco agobiado y tras unas rápidas preguntas quedó claro que el perfil de mi amiga ya no se ajustaba a sus necesidades de mercadotecnia, pero el mío sí. Sintiéndome importante, me senté frente a un ordenador portátil que mostraba una página en inglés.
-No toques nada -me conminó la mujer del jersey. Metí a toda prisa las manos en los bolsillos y contemplé cómo se peleaba, infructuosamente, con el portátil, que al parecer no mostraba la página que debía mostrar. De la parte superior del jersey surgió una ristra de venablos de buena calidad encaminados al portátil, a la conexión a internet, y a sus improbables progenitores biológicos. Sugerí con dulzura una operación sencilla, y apareció otra cosa en la pantalla, que sí parecía ser la adecuada. Encantada con el éxito, la facilitadora de encuestas electrónicas tocó algunas teclas, tras lo cual el portátil se enfurruñó y se negó a hacer lo que fuera que tuviera que hacer.
-Mejor pásate aquí -me dijo al final, vencida, y la seguí dócilmente hasta otro portátil que, este sí, mostraba la página de inicio de la encuesta. Me apliqué muy decidida a contestar preguntas sobre mi consumo de analgésicos, mientras mi amiga me apuntaba respuestas y la facilitadora de encuestas electrónicas se ponía algo nerviosa por la irreverencia de nuestros comentarios.
De pronto, el portátil se negó a continuar. La tarjeta 3G parpadeaba seductoramente, pero los datos no fluían como debían fluir. La mujer del jersey, con cara de necesitar un analgésico más que la propia encuesta, aprovechó que el caballero había terminado su labor, y me llevó hasta un tercer portátil.
-Este tiene cable y ratón, vas a estar de lo más bien -me aseguró, con voz de no creérselo mucho. Yo, que soy muy plácida para estas cosas, sonreí y seguí impertérrita con la ristra de preguntas, mientras el portátil chasqueaba y zumbaba, dándose importancia.
-Qué rápido escribes -me dijo en cierto momento. Sólo quedábamos nosotras en la habitacioncita, y se ve que consideró más productivos nuestros comentarios irreverentes que cualquier otra labor, y se había sentado con nosotras a ver qué tal iba la cosa. Yo estaba rellenando un campo de esos de comentarios (“no se preocupe por la ortografía ni la gramática”*), diciendo las tonterías que se dicen en estos casos. Me encogí de hombros: le hubiera dado la dirección del blog, pero dado que iba a figurar pronto en él me la reservé discretamente.
Entonces la encuesta me avisó, muy seriamente, de que a continuación iba a ver un anuncio. Bueno, si no hay más remedio, pensé. Me arrellané y ordené con displicencia al sistema que reprodujera lo que tuviera que reproducir. Anuncios a mí.
Era un anuncio… ñoño. No daré más detalles por no reventar la sorpresa, pero vaya, tampoco es que pudiera ser de muchas otras maneras. El anuncio era para una conocida marca de analgésicos, y a grandes rasgos mostraba claramente lo que hace un analgésico: alguien sufre de determinado dolor, ingiere determinado producto, y el dolor termina por desaparecer en lo que parece ser un final feliz digno de largometraje de Hollywood de los de antes. Todo esto aderezado con una buena dosis de cursilería y una situación doméstica improbable y -para mí- bastante ridícula.
Estábamos conteniendo la risa cuando la encuesta tomó brío de nuevo, y empezó a preguntarnos cosas lógicas (“¿Le ha parecido que el anuncio deja claro el mensaje de que X es bueno para Y?”) y otras no tan lógicas (“Ver el anuncio le hace sentirse: independiente / seductor / respetuoso con el medio ambiente / innovador”). Mientras yo ponderaba las posibilidades de que aliviar un dolor de cabeza con un analgésico determinado me hiciera sentirme más o menos independiente, mi amiga y la mujer del jersey empezaron a charlar de esto, de aquello y lo de más allá. Mi curiosidad sobre quién había montado tan frágil sistema informático para su tarea, y sobre quién había diseñado una encuesta tan surrealista, quedó insatisfecha. Me desahogué siendo despiadadamente sincera en mi opinión sobre el anuncio (“qué rápido escribes”, oí de nuevo). La mujer del jersey se desahogó a su vez sobre los problemas que les estaban dando los ordenadores. Cuando por fin terminé -no era corta, la encuestita-, me dio una caja de bombones y un décimo de lotería, nos agradeció profusamente nuestra amabilidad, y nos acompañó hasta la salida.
-¿Estaréis aquí todo el día? -pregunté, con la familiaridad que da compartir un problema informático.
-Hasta las ocho -dijo ella, con cara de dolor de cabeza.
Le recomendé uno de los analgésicos de su anuncio, para que se sintiera más independiente y, um, ecológica. Luego le dimos las gracias y nos fuimos, abrazando cariñosamente la caja de bombones. Pero yo, al menos, lo hubiera hecho gratis. ¿Alguien quiere un bombón?
(*) Próxima entrada en sus pantallas