Estaba medio viendo yo ahora mismo una peli de Wes Craven (mira tú qué casualidad), y la cosa empieza con alguien mezclando potingues en una mesa con trastos más o menos ocultos, alquímicos, de mucho miedo y demás. Esto me ha traído a la memoria la última convención a la que fui, la OryCon, una reunión de escritores de fantasía y ciencia ficción del Noroeste.
En estos saraos siempre hay una especie de feria para comprar cosas, y es fascinante ver lo que tienen, desde viejas novelas pulp de los años cincuenta hasta elaboradísimos brazaletes de cobre y cristales varios, pasando por espadas (sin filo, pero de metal y madera y a veces forjadas a mano por el propio vendedor), extraños accesorios de cuero, comics, joyas aproximadamente esotéricas, postales, posters, cromos, libros, muchos libros, más libros, juguetes, pins, y otras tonterías de diversos grados de interés.
Paseando por allí vi, en uno de los puestos, una cajita de madera con tapa de cristal. Me acerqué, curiosona, y vi que dentro había tres cuchillitos. Animada por el vendedor (no, no era un anciano misterioso con gafas de montura de alambre y tendencia a vestir como Coppelius), abrí la caja y vi que los cuchillitos eran abrecartas. Uno era de madera, otro de madera con la hoja de obsidiana, y el tercero estaba hecho enteramente de piedra negra, muy majo, tallado en una sola pieza. Qué curioso, comenté. Nunca había visto uno de estos. Sí, dijo el vendedor, los cuchillos de piedra son bastante raros. Es un abrecartas muy bonito, dije yo. Sí, se mostró de acuerdo él, tras una leve pausa, y está afilado y todo, prueba, prueba. Probé, y ciertamente tenía filo. No como una navaja, pero vaya, lo bastante como para que ninguna aceituna fuera una amenaza para quien blandiera el cuchillo en cuestión. Además, siguió el vendedor, lo puedes usar para más cosas aparte de como abrecartas, y me pareció ver que movía una ceja de manera peculiar. ¿En serio?, pregunté yo, inocente de mí, ¿como qué? La verdad es que yo no veía muchos más usos al trasto ese, salvo para clavar el correo atrasado a la repisa de la chimenea, y la idea ya la tuvo antes Sherlock Holmes (y además no tengo chimenea). El vendedor me hizo notar otra vez lo raros que eran los cuchillos de piedra negra y me dijo que eran muy apreciados en rituales.
En ese momento se hizo una pausa en la conversación que se prolongó varios segundos mientras yo buscaba algo inteligente que decir. No lo encontré. Hice un ruido que esperé que sonara parecido a “Qué me dice usted, quién lo iba a imaginar. Claro, supongo que tanto el material como el color del cuchillo hacen juego con el resto de parafernalia necesaria para esos, ejem, rituales, y no pongo en duda que el verdadero connoisseur de los, esto, los rituales en cuestión, apreciará en su justo valor un abrecartas de piedra negra, sin duda un regalo ideal para el hechicero que lo tiene todo”. No sé si tuve éxito. El vendedor insistía, imaginando que quizás iba a perder la venta, en que además era un instrumento muy útil para recolectar hierbas. No especificó qué tipo de hierbas, pero no creo que fueran cebolletas. Y yo, mientras tanto, pasito a pasito alejándome del puesto en cuestión y tratando de aparentar que la conversación anterior no había tenido lugar.

En un aparte: me he levantado para investigar un horripilante ruido de gorgoteos proveniente de la cocina, y resulta que el desagüe lo ha entendido todo al revés: su función es llevarse el agua, no traérmela de vuelta hasta llenar media pila. Seguramente no le ha gustado que desvelara al mundo los múltiples usos de los abrecartas de piedra negra…