Hemíptero azulitoMi casa tiene dos puertas. Una casi no la uso, salvo para dejar entrar a las visitas. La otra, la puerta trasera, que da a mi cocinita, es la más transitada. Es de esas que salen en las películas americanas, doble: una puerta mosquitera, con un panel de vidrio y otro de tela metálica, y la puerta en sí, que está hecha de pan mascado y pintura de esas tan buenas tan buenas tan buenas que dejan ver todas las taras de la madera de plancha de debajo, y si me apuras, hasta lo que hay detrás de la puerta.

Siempre me pregunté a qué santo viene poner una puerta mosquitera en Corvallis, quizá el lugar con menos bichejos del planeta. Bueno, haylos, pero la verdad es que hay pocos. Las siete moscas que asignaron a este pueblo se concentran, todas, en la Beanery, en las mesas de al lado de las ventanas, y van a morir en los (para ellas) océanos de café que se toman los parroquianos, que las ingieren despistados, aumentando así en varios enteros la calidad de su alimentación. Pero aparte de estas moscas, que son más bien apacibles, hay pocas cosas. En verano se ve algo más, pero poquito, quizá por la enorme población de arañas, no lo sé. La cuestión es que la población entomológica de Corvallis no da para mantener a una salamanquesa escuchimizada, menos aún para justificar una puerta mosquitera.

Pero deben tener algo estas puertas, porque la mayor concentración de bichos la he visto siempre ahí. Chinches sobre todo, y en verano alguna típula despistada con las patazas largas y blandas medio enredadas en la malla metálica. Les gusta la puerta, se ve. Les atrae. Al principio pensé que sería la bombilla que hay en la fachada, que se enciende de noche merced a un sensor, pero como esa bombilla se funde cada cinco minutos cuando salpica el agua de las frecuentes lluvias, y estoy hartita de cambiarla, a veces han pasado meses con la fachada a oscuras y aun así seguían apareciendo bichos acampando en la malla metálica de la puerta. Algunos son muy raros y bonitos, pero insisto, lo más normal es que sean chinches. Hoy había una de esas esbeltas, con los élitros imitando una máscara africana de alguna deidad especialmente abstracta, en una atractiva combinación de blanco, negro y terracota. Otros días el inquilino es una chinche godezuela jaspeada en pardo y plata, o un tipo extrañísimo de polilla con las alas finas como palitroques, de color arena y chocolate. He pasado revista a más especies en la puerta mosquitera de mi casa que en todos los veranos paseando por los alrededores. Y lo divertido del caso es que todos estos bichos aparecen por dentro de la puerta, entre la mosquitera y la puerta de salivilla, o sea, que como elemento disuasorio la mosquitera es más bien, um, un desastre. Estoy por poner un cartel que brille en longitudes de onda infrarrojas para que los bichos sepan que, qué porras, aquí serán siempre bienvenidos.