¿Lo recuerdan? Charlton Heston solo en la ciudad, rechazando valerosamente a las hordas zombis por la noche. Omega Man, traducida aquí como El último hombre vivo, vayan ustedes a saber por qué. Quizá porque lo era.
Pues se ha muerto, como ya saben. Era mayor, no excesivamente (hoy día 84 tampoco es una edad provecta), pero mayor al fin y a la postre. Tuvo una vida plena. Me crea una extraña sensación de descoloque, porque el Heston que yo conozco, el que asocio al nombre “Charlton Heston”, hace décadas que a la vez ya no está con nosotros y nos acompaña. Es un hombre del pasado, un hombre que ya no existe. Un hombre que murió hace ya mucho. Es el intérprete de películas como Ben-Hur, el ladrillo de Los Diez Mandamientos, aquella de Soylent Green, sí hombre, ¿cómo se llamaba? Con Ernest Borgnine, no, el otro, Edward G. Robinson… Cuando el destino nos alcance, esa es. Una película inquietante con Heston en plena forma. Tenía un físico poderoso, carismático, que le hacía ser buen material para películas de ciencia-ficción de la edad dorada y plateada, de aquellas con mensaje y muy apocalípticas (y un poco pelmazas y paternalistas, ahora que no nos oyen). También era buen material, claro, para las películas bíblicas. Pelucas aparte, el hombre tenía ese puntito salvaje, casi atemporal, que necesitan los buenos héroes.
Aquel Heston, digo, hace ya mucho tiempo que no está con nosotros, y la mella que me crearon sus películas entonces se ha erosionado apenas un poquito. Cuando veo Soylent Green sigo emocionándome mucho con la muerte de Edward G. Robinson (nunca me ha parecido tan hermoso el color naranja), y con Heston comiéndose una manzana, dejando sólo el rabito. Ya no me emociono tanto con la última escena de El Planeta de los Simios porque desde entonces me he dado cuenta de que el Paleofreak tiene razón, pero sigue siendo mejor que el remake. Me encanta El Mayor espectáculo del mundo como película, a pesar de que se arrastra un poco, y dentro de ella me cae muy bien el personaje de Charlton Heston, pragmático y totalmente entregado a su circo.
Fijaos en que hablo del actor y no de sus personajes. Salvo las obviedades de Ben-Hur y Moisés, nunca en la vida he podido recordar los nombres de los personajes que interpretaba Heston. Porque era un actor de esos que se interpreta a sí mismo en las películas. El papel se amoldaba a él y no al revés. Poco registro, dirán algunos, y vale, sí, menos que otros. Mucho carisma, dirán otros, y sí, vale, a espuertas. Era un actor de mucho peso específico, que deformaba el espacio a su alrededor. Hoy día todos sabemos dónde ponerle la r a Charlton, porque íbamos a ver “una peli de Charlton Heston”, a pesar de que en su filmografía se codeó con bastantes pesos pesados. Por eso ahora pienso que quien ha muerto es Judá Ben-Hur, o George Taylor, o Robert Neville (he tenido que mirarlo), y tampoco me da mucha cosa, porque no tengo más que volver a ver las películas para recuperar a esos muertos de mentiras.
Quien ha muerto, el actor, era John Charles Carter: un hombre al que yo no conocía. Sabía de sus aficiones a las armas de fuegos, de su conservadurismo rampante, de la incómoda escena con Michael Moore, pero ese era el actor, el otro, el que se iba a casa después de rodar. Un ciudadano estadounidense rico e influyente. Quizá me hubiera caído mal, quizá bien, no lo sé. Pero dio vida a unos espectros que puedo invocar a voluntad y que me permiten recordar un ideal heroico difícil de encontrar en películas recientes.
Por lo cual, desde aquí, y póstumamente, le doy las gracias.