El microscopio de Leewenhoek. Sí, funciona.Me llegan extrañas noticias de la patria que me desazonan un poco. Al parecer un nuevo programa de televisión que se las apaña para ser, a la vez, caro y cutre (qué novedad, ¿eh?) se regodea en el hecho del misterio en sí, como tal, sin resolver, sin querer resolver. El misterio por el misterio. La pregunta sin la respuesta; sin la voluntad de buscar la respuesta. ¿Qué pasa aquí? No queremos saberlo.
Estas noticias me llegan en un momento también extraño. Acabo de empezar Quicksilver, el último libro de Neal Stephenson. Neal Stephenson es uno de mis autores favoritos, y estoy gozando lo no escrito con este nuevo tomazo geek del autor de Cryptonomicon, Zodiac, Snow Crash, y The Diamond Age.
El libro está ambientado en plena Ilustración. Newton está jugando a papiroflexia con el universo, Leibniz tres cuartos de lo mismo; los sucesores del Invisible College han fundado la Royal Society y le hacen preguntas a todo. Pero preguntas afiladas y a mala leche. Estos sí quieren respuestas. Aunque tengan que inventar un nuevo lenguaje para hacer las preguntas. El que el libro sea ficción no quita para que capte, con una claridad de luz de magnesio, la excitación intelectual que supone usar, de manera seria y metódica, la herramienta más poderosa de que disponemos: la mente humana, templada por lo que se acabaría convirtiendo en el método científico.
Eran geeks. Eran empollones, cacharreros, gente que podía pasarse horas enteras ahumando una colmena o viviseccionando una rana. Gente que preguntaba a las piedras, al aire, a la orina, a las pulgas, al agua y al vacío. Gente que veía en todo y por todo un misterio. Gente que quería resolverlo y que inventó maneras de burlar las barreras que el mundo ponía a su alrededor. Sin ellos, no estaríais leyendo esta entrada. No tendríais con qué.
Encuentro todo esto tan fascinante, tan increíblemente emocionante y evocador, que me cuesta, y mucho, entender que alguien se aparte, adrede, de la búsqueda de una respuesta a su alcance. Que no se pueda resolver un misterio es una cosa: tenemos muchos de esos, por falta de medios, o de tiempo material, o de conocimientos, o de técnicas. Pero que no se quiera, que se le vuelva la espalda a una respuesta que está ahí delante, diciendo “mírame”, me supera. Me irrita. Debo ser rara, pero me parece que, cuando hay un misterio, lo que procede es resolverlo, o al menos intentarlo, de la manera más honrada posible. No regodearse en el misterio en sí, ni ponerle mayúsculas que no le corresponden. Regodearse, sí, en el proceso para encontrar la respuesta. Acabe hallándose o no, el esfuerzo es lo que merece la pena.
Pero en esto, como en tantas otras cosas, al parecer soy minoría. Sólo tengo el pequeño consuelo de un desahogo de cuando en cuando aquí en el blog. Un lamento pequeñito.
El programa ese de televisión tendrá éxito, o no. Pero lo que no tiene, se mire por donde se mire, es contenido. Es papilla regurgitada, revejida, sosa, barata, inane, huera. Es misterio amarillo, falso misterio, misterio estéril, misterio creado sobre arenas movedizas de engaño y autoengaño. Es fast food para la mente.
Yo me vuelvo con Quicksilver. Es ficción, pero tiene buenos cimientos.