Estaba yo en Palma de Mallorca. La primavera acababa de estrenarse y el tiempo estaba aún indeciso, tan pronto iluminándolo todo en oro y lapislázuli como ahogándolo en una calima de áspero latón caliente. Las callejuelas del centro histórico exhalaban un vaho recalentado de orines, lodo y piedra vieja.
Al pasar por delante de una bocacalle, vi la flecha roja y el cartel. “Museo del juguete”, decía. Un grupo de turistas se hacía fotos un poco al azar bajo la flecha, que apuntaba tras la esquina.
Me acerqué, curiosa. El museo estaba en un bajo, identificado como tal sólo por algunos carteles poco llamativos y un póster increíblemente siniestro con una cabeza de payaso gigante. Puertas estrechas, ventanas altas con contraventanas entornadas, cristal de seguridad. Desde el interior se filtraba una luz color lima: fluorescentes abriéndose paso entre estantes de vidrio grueso.
Los turistas se fueron y yo me quedé dudando en el exterior. Como tantos otros sitios ese día en Palma, no estaba muy claro si el local estaba abierto, cerrado, o en un curioso estado de superposición cuántica. Las luces estaban encendidas, pero no había nadie dentro. La puerta estaba entreabierta, pero las ventanas entornadas fruncían desaprobadoras sus postigos. Dentro, una sala larga exhibía una gran vitrina repleta de figuritas, en un tumulto de colores ajados. Al fondo, la multicolor estatua de un rey sujetaba entre las manos un pequeño cofre dorado y miraba al exterior con la expresión más triste que he visto nunca en un rey.
Del techo colgaban pequeños aviones de juguete, cohetes de latón abollado, coches de plástico. Muñecas, también, que planeaban suspendidas por hilos de nylon, como superhéroes rechonchos. Una de ellas llevaba un vestido de estampado escocés en tonos rosa: alguna corriente de aire ignota hacía que se balanceara muy lentamente adelante y atrás, y agitaba su pelo rubio latón, rizado y encrespado.
El payaso del cartel, el vacío del interior, las luces brillantes de las vitrinas, la mirada triste del rey, la muñeca oscilante colgada del techo formaban un todo entre atractivo y siniestro que me detuvo un largo minuto frente al cristal. Eché mano al teléfono para llevarme un recuerdo clandestino del techo lleno de figuras colgantes. Acaricié la pantalla táctil lo justo para invocar la cámara de fotos, y cuando miré de nuevo al interior la muñeca, de pie frente a la ventana y a tamaño natural, me estaba mirando a mí.
Ocho años, quizá. Pálida. El mismo vestido de estampado escocés de tonos rosa. El mismo color de pelo, rubio latón, pero largo hasta la cintura. Gafas, demasiado grandes para su carita. Me miraba, en el segundo eterno que se me ha quedado grabado en la mente, tan rígida y sorprendida como yo.
Bajé la mano que tenía el teléfono, todavía sosteniendo la mirada fija del pequeño fantasma. Di un paso atrás. No me atreví a levantar la vista hacia las muñecas colgadas del techo. Me fui. Mientras caminaba a toda prisa, noté que los ojos planos del payaso del cartel me seguían calleja abajo.
Volví al hostal por otro camino.