Está muy bien, y es muy bonito, eso de decir “adiós a Corvallis” y poner bellas listas elegidas un poco al azar de qué vas a echar de menos y qué no. Vamos, que quedas como una reina. Muy literario y tal.
Luego, claro está, te enfrentas a la dura realidad, porque en las escenas finales de las pelis, esas en las que la chica se va con la maleta (claramente vacía) y desaparece entre la niebla, donde hay escondida una orquesta con muchos violines, en esas escenas, digo, no sale lo de antes, es decir: la mudanza.
Una cree haber llevado una vida parca y austera en Corvallis, y salvo los libros y un portátil, se ha permitido pocas indulgencias materiales. Así que yo, en mi inocencia, pensé que enviar los libros por correo me dejaría el apartamento diáfano, sin más que tres o cuatro discretas bolsitas de basura con, bueno, basura, y algunas cajas con utensilios de cocina y una lamparita de noche para regalar a los amigos.
Ja, ja, y ja (nótese el sarcasmo).
Y menos mal que tenía el sábado y el domingo para despejar el apartamento, que si no no quiero ni pensarlo. Sísifo, un enchufao comparado conmigo. ¿Sabéis la sensación esa de empezar a llenar bolsas y más bolsas, e ir tirándolas, y luego venga más bolsas, y el apartamento parece igual de lleno que antes? Sí, ¿verdad? Pues eso.
Para colmo, juro por toda la aldea pitufa que han aparecido dos armarios de la nada. Antes no estaban ahí, de verdad. No recuerdo haberlos visto con anterioridad, señor juez. No, las cosas de dentro tampoco, ¿se cree usted que yo alguna vez compré dos bolsas de champiñones secos y una lata de peras? Qué cosas se le ocurren, señoría.
Total. Que tras más o menos diecisiete horas de deslome (entre los dos días, no nos pasemos), el apartamento quedó vacío, despersonalizado, prístino, diáfano. Todo despejado, incluso los armarios espontáneos. Y en el suelo, tres maletas a cuál más plúmbea, más mi mochilita con el portátil. Y el libro. Sólo a mí se me ocurre llevarme de lectura “Confusion”, el segundo tomo de la saga que empezó con “Azogue”. Sí, vale, ideal para un viaje largo. Pero también, tapa dura y 813 páginas, a ver en qué bolsillo llevo yo esto.
Lo lógico hubiera sido, ante la escena, reflexionar sesuda y filosóficamente acerca de esto de condensar tu estancia en USA en tres maletas, y que no somos nada, y que hay que ver, y demás. Pero la verdad es que las sesudas y filosóficas reflexiones no aparecen espontáneamente -a diferencia de los armarios- cuando empiezas a preguntarte si en lugar de brazos tienes un par de cachos de manguera vieja. De modo que no filosofé. Lo que hice el domingo por la tarde fue quedarme en el apartamento vacío, de pie, mirando sin ver las maletas, con la expresión vacua de una oveja, mientras mi mente iba a mil por hora pasando revista a toda la lista de cosas que hacer y cerciorándome de que las había hecho. Tres veces. Esto tampoco sale en las películas. Igual que no sale el momento inevitable en que nuestra heroína sale cargada con la maleta para meterla en el coche de su amigo David, que vino al rescate cual caballero andante y me ahorró el caer aplastada bajo la maleta gorda, la verde, con sólo las patitas asomando debajo, como el Coyote.
Ahora que lo pienso, eso de que en las peliculas las maletas no pesen es indignante. Lo entiendo, claro, porque si tienes que repetir la toma unas quince veces, acarreando cada vez un bulto de 30 kilos, es un desperdicio innecesario de actores, y no vamos tan sobrados. Pero así una se hace románticas ilusiones de los viajes, con la maleta colgando paralela y leve del brazo grácilmente extendido, y subiendo ágilmente al tren o al avión. Y luego lo que pasa es que vas por la vida aferrando el asa con las dos manos, empujando a la vez con la pierna para mover el mamotreto, resoplando y jadeando como una marsopa asmática, haciéndote un lío con las etiquetas, olvidando dónde están las llaves del candado, y gimiendo como un alma en pena por el esfuerzo de medio arrastrar medio empujar medio patear (matemáticos abstenerse) el condenado trasto hasta el maletero.
Para que luego, claro, tengas que pagar sobrepeso y encima te rompan la maleta verde, la gorda, en uno de los miles de registros de seguridad. Pero esta es otra historia y debe ser contada en otra entrada… próximamente en sus pantallas.
(Esta entrada fue escrita en ruta, lo que no quiere decir que yo ya esté en ruta; yo ya he llegado. Pero voy a contar la crónica del viaje por orden, así que mi anuncio oficial de vuelta se dará, curiosamente, días después de la vuelta en sí. Como si fuera Iberia, vaya)