Acabo de volver de una representación de “Elijah”, el oratorio de Mendelssohn, a cargo de la orquesta de la OSU, tres de sus coros (168 cantantes, casi ná), y cuatro solistas. Bueno, tres y medio. Aunque no es una de esas piezas que se te quedan en la memoria y que tarareas mientras te imaginas al frente de las tropas escocesas cual William Wallace, es una obra muy bonita (y muy larga) con algunos momentos realmente preciosos. Además, es un poco como un western, con la viuda, el niño, el héore, el populacho, y una deidad que claramente sufre de desorden bipolar. Excepto porque no hay duelo al sol en la calle principal, y todos dicen mucho “thee” y “thou” y “thus sayeth the Lord”, ya te digo, es como una del Oeste.

He anotado todo el oratorio, jugada a jugada como quien dice, en mi Mol… bueno, todos sabemos en dónde. Pero tras casi dos horas y media de alabanzas al Señor y piezas corales en canon, ando algo reventada, así que voy a dejarlo para otro ratito. Lo que no puedo dejar de comentar es que lo mejor del oratorio (aparte del excelente barítono que hacía de Elijah, un caballero con toda la pinta de un rey de los Días Antiguos) ha sido el coro. El director, Steven Zielke, sabe sacarle partido a las (excelentes) voces de la universidad: control, delicadeza, matices, potencia, afinación perfecta, buen gusto, coordinación y empaste. Lo ha tenido todo. Farrafilloso.

Me voy a mimir.