target=_blank href=”http://virgenyfurioso.blogspot.com/”>virgenyfurioso, que lo espera desde hace tiempo)

La maruja es universal. Es un arquetipo. Está presente en todas las culturas a lo largo de toda la historia. Existe en todas las variedades de tipo físico y sexo, aunque hay ciertamente una “especie tipo”. En el caso patrio es esa señora entrada en carnes, de gordura elástica, que huele a sudor y a perfume barato, que viste ropas de fibra y viscosa, que cocina cosas con mucha sal y mucho aceite. Es la señora con la voz penetrante, el verbo rudo, la actitud de un tanque en las colas del mercado, y la agresividad de una manada de hienas. Cuando ríe, se le oye en el siguiente huso horario, y su capacidad de introspección es equivalente a la de un caracol. Tiene una energía ilimitada, y aunque siempre se queja de dolor de piernas y jadea como una locomotora asmática, va por la vida trabajando más que un estibador. Su casa huele a limpiamuebles y a ambientador barato, y siempre tiene litografías cursis colgadas de las paredes y un aparador de madera oscura con como mínimo un perrito de porcelana.

Todos hemos reconocido este tipo de maruja. Pero existe en variedades descarnadas y cargadas de joyas de diseños redondeados, con la piel apergaminada y teñida por los UVA del salón. Existe en variedades masculinas, con más capacidad de cotilleo que la CIA, cuyas únicas lecturas son los diarios deportivos, que sólo escuchan tertulias radiofónicas, que poseen la solución a todos los problemas del mundo, y que consideran toda opinión que no sea la suya indigna de atención. Existe en variedades jóvenes, vestidas de fibras naturales, que leen revistas femeninas disfrazadas de revistas Nueva Era y consultan el horóscopo del amor por internet.

Y existe, también, en variedades internacionales. La maruja estadounidense es gorda, fea, desaliñada, y generalmente sufre de alguna terrible enfermedad metabólica. Va por la vida medicada hasta las cejas, tanto por su médico como por ella misma, y su pasión es comunicarse. Domina todas las formas de comunicación electrónica y epistolar, aunque su ortografía sea pésima y su gramática deficiente. El tiempo que ya no dedica a la familia, porque los hijos son generalmente autosuficientes desde los quince años y viven en casa un poco de realquilados, lo emplea en trabajo de voluntariado, porque el trabajo doméstico se considera obviable. Así que la maruja estadounidense mantiene activos los albergues, los hospicios, las clínicas para pobres, las iglesias, las rifas benéficas, las barbacoas multitudinarias, las actividades extraescolares, y los talleres de artesanía. Tiene generalmente dos o tres hobbies, uno de los cuales es indefectiblemente la fan fiction o la pintura. Está enganchada a un mínimo de cinco series de televisión, de ficción o no, alberga una pasión irrefrenable por algún personaje de una de esas series, y no tolera que ningún hombre insinúe siquiera que hay algo que ella no puede hacer.

Las marujas dominan el mundo. No; las marujas dominamos el mundo. Porque, como bien comentaban en esta bitácora, en mayor o menor medida todos llevamos una dentro.