[Aviso compasivo: la siguiente entrada contiene material que puede afectar a gente con traumas odontológicos]
-Hale, vamos allá.
Con estas palabras el dentista (apuesto, bronceado, de cuidada barba y 89 pestañas en cada ojo, que las he contado), sin darme tiempo a decir “confesión”, me introdujo en la boca una jeringa y empezó a bombear un líquido frío y amargo bajo la delicada piel de mis encías. Nada grave, todo hay que decirlo, salvo porque repitió la operación cuatro veces, dos de ellas en el paladar.
-Au.
-Sí, como ahí no tienes tejido blando es un poquito más molesto.
“Un poquito más molesto” es un eufemismo que odio cordialmente. Cuando vas al dentista te lo dicen mucho: “esto te va a molestar un poquito”. Es una frase en código: significa “esto va a hacer que veas las estrellas y algún que otro cometa”. Cuando me dicen “esto molesta un poquito” ya sé que tengo que entrar en meditación zen y hacer como que no me duele mientras todos mis músculos se tensan bajo la ropa. En esta ocasión me puse a contarle las pestañas al doctor; algo había que hacer.
-¿Te ha hecho efecto la anestesia?
-Ngo ho hé.
La parte inferior de mi cara es un pedazo de corcho ligeramente cálido y pulsante. El dentista me mete en la boca lo que a primera vista parece ser un destornillador.
-¿Notas esto?
-¿Ng gué?
-Vale.
La enfermera toma un instrumento doblado en ángulo recto, me lo mete también en la boca, y tira como si quisiera sacarme entera la piel de la cara. La miro mal, que es todo lo que se puede hacer cuando estás con la boca abierta e incapacitada. Noto tirones mientras el dentista busca algo con el destornillador.
-Voy a hacer un poco de presión ahora -dice, y sin previo aviso me hunde la nuca en el revestimiento plástico respirable del sillón -de un agradable verde menta-, y según todos los indicios parece a punto de perforarme el cráneo de parte a parte. Yo tan tranquila, porque no duele, pero eso sí: miro al dentista con cierto espanto porque si se le escapa la mano me veo el destornillador saliéndome por una oreja.
-Ya está.
-¿Ngya? -aparte del ataque percutivo, no he notado nada.
-Seda.
La aguja curvada entra y sale; por mí como si entra y sale en un pedazo de cartón, porque la anestesia funciona. Pero noto el roce del hilo pasando, y su presión contra la mejilla. Yo, feliz. ¿Quién dijo que esto de que te saquen las muelas del juicio es doloroso?
La operación se repitió cuatro veces, con cierto bache en la cordal superior izquierda, porque cuando me metió el destornillador dije:
-Gaah.
-¿Lo notas?
-Ngí.
Más anestesia palatal. Menos mal que ya no la noto.
-Ya estás.
-¿Ngñá?
-Sí, ahora te decimos lo que tienes que hacer.
Lo que tengo que hacer es una farmacopea increíble de antisépticos, antiinflamatorios, antibióticos, analgésicos y bolsas de hielo. La enfermera me lo remachó mucho.
-Déjatela lo menos una hora que si no te pondrás como un melón, y en cuanto llegues a casa te tomas el antiinflamatorio.
-Ae.
-Con la anestesia que llevas estarás así lo menos tres horas, cuidado no te muerdas la lengua.
-Engdré uiao.
La otra enfermera, más joven, me mira con lástima. Me pregunto por qué. Salvo que tengo la cara paralizada de nariz hacia abajo, estoy de lo más bien.
-Que te sea leve. -me dice.
Vuelvo a casa andando, como una machota. Paro en el súper y me compro una bolsa de guisantes congelados para poder enfriar los dos carrillos a la vez.
Todo va bien hasta que se empieza a pasar la anestesia. Entonces se junta el efecto de los tirones salvajes de la enfermera para apartarme del medio el carrillo, el “poco de presión” del dentista que me ha dejado la boca como un steak tartare, los puntos, y la inflamación lógica después de tanto destrozo interno. Y claro, todo eso jodfastidia. O dicho en parla clínica, “molesta un poquito”.
Esta mañana me he levantado con la cara como un hámster con los carrillos repletos de ricas semillitas. Mi madre intenta recordar a qué máscara tribal me parezco más. Me duele todo desde la coronilla hasta los hombros. El sobrecito ese para el dolor me parece que es azúcar sin más. Mi rango de apertura bucal me permite el paso de una cucharita de café, no muy llena. Tengo un hambre que me descalabro. No puedo apoyar la cara en ningún sitio, ni siquiera ponerle hielo porque apoyar la bolsa duele.
Pa colmo, mi familia, que se supone tendría que apoyarme y mimarme mucho en estos momentos de dolor y pochez, se parte de risa cada vez que me mira. Y reinciden. Cuando se me pase la hinchazón y me duela menos me van a oír.