ZíuuuuuLas piedras móviles de Racetrack Playa, por decirlo en pocas palabras, patinan. No tanto como las neuronas de aquellos que atribuyen sus extraños rastros a extraterrestres o fuerzas paranormales, pero patinan.
No es difícil imaginarlo; las piedras aparecen lejos de su posición anterior después de una tormenta, cuando hay viento y lluvia. Pero saber exactamente cómo se mueven las piedras y por qué se desplazan unas distancias a veces enormes (medio kilómetro en algunos casos) ha sido motivo de bastante interés. Las dos teorías que compiten, o se combinan (según gustos) para explicar los garbeos de los pedruscos tienen que ver, una con barro, y la otra con hielo y barro.
Racetrack Playa, el escenario por el que las piedras van dando paseos, es una depresión notablemente plana; el desnivel en toda el área es de menos de 5 centímetros. Esto quiere decir que cuando llueve, lo que no pasa a menudo en el Valle de la Muerte, bastan apenas unos pocos milímetros de lluvia para que toda la playa quede cubierta por una fina película de agua. Cuando el agua se mezcla con el polvo requemado de la playa, no hace falta un Galileo para darse cuenta de que se formará barro. Este barro es extraordinariamente resbaladizo, y según todos los indicios basta para que los fuertes vientos desplacen las piedras pocos o muchos metros, según, dejando los rastros que luego el sol seca y deja como evidencia durante unas pocas horas o (en el caso de las rocas más pesadas) hasta siete años. Un dato majo es que las rocas, en muchas ocasiones, se mueven cuesta arriba, aunque llamar “cuesta” al desnivel de Racetrack Playa es como llamar “inteligente” a Bush.
Algunas de las piedras pesan más de 300 kilos. El viento como fuerza motriz no parece suficiente para vencer semejante inercia, por muy resbaladizo que sea el barro, y de hecho algunos investigadores han apuntado a otra posible razón para explicar tanta inquietud espacial: placas de hielo. El escenario es básicamente el mismo: una tormenta. El nuevo factor en este caso es que el agua se hiele en una fina placa en la que las piedras quedan atrapadas. El hielo es el que resbala sobre el barro, llevando las piedras consigo, de modo que los rastros que dejan son asombrosamente paralelos, véase:
Nos vamos de paseeeooo... Bonito. Y tiene sentido. La situación de Racetrack Playa deja un precioso túnel de viento en la esquina sudoeste del área. Si el viento impulsa las piedras, sus trayectorias deberían corresponder a la dirección de los vientos dominantes. Voilà. En el mapa que se abrirá en ese enlace se ven las trayectorias de unas 100 piedras medidas con GPS, y si alguien no ve ahí una dirección dominante me como el logo de esta bitácora. El punto dudoso de todo este asunto es si el viento basta para impulsar las piedras, y esto no es tan fácil de medir como parece. La teoría de las placas de hielo es muy atractiva, aunque no explica que muchas de las trayectorias de piedras adyacentes no tengan nada de paralelo.
Otro dato interesante de todo este asunto, que me parece que me está consumiendo más neurona de la que merece, pero que me divierte y por eso sigo, al fin y al cabo para esto está esta bitácora, y ya me he perdido… Ehm… Decía: en el estudio en el que se estudian las trayectorias de las piedras se encontró un dato curioso: no parece haber correlación entre el tamaño y peso de la piedra, o su composición, con la longitud del rastro que deja. Uno esperaría que las piedras más ligeras dejaran rastros más largos, o más erráticos, pero nones. No parece haber orden ni concierto en lo lejos que a una piedra le dé por irse de copas. O de lo que sea que se vayan en el Death Valley, y perdonen mis reincidencias en la antropomorfización de los pobres pedruscos, pero es que me divierte.
Y para fin de fiesta exploremos otras posibilidades: un grupo de Mensa se acercó por Racetrack Playa a ver qué podían sacar en claro, y lo que sacaron en claro aclara poco la cosa. Su teoría, que ellos son los primeros en admitir que no se toman muy en serio, es que, veamos, a ver si lo sé explicar. Volvemos a la lluvia, y el viento. Cuando la tormenta se encuentra una roca, esta actúa a modo de rompevientos y hace que más agua se acumule cerca de la piedra. Luego deja de llover, la superficie se seca, pero la sombra que proyecta la roca hace que el suelo a su alrededor y debajo tarde más en secarse. Y el suelo, embebido de agua, se hincha. Y se eleva ligeramente. A su vez, esta elevación hace que las grietas que se forman al secarse y cuartearse el terreno sean más profundas. A la siguiente tormenta, más agua de lo normal cae por estas grietas, el proceso se repite, y la elevación se convierte en una colinita. Finalmente, la colinita es lo bastante alta como para que la piedra (quizá ayudada por los serviciales vientos) resbale colinita abajo.
Bueno. Pero me gusta más la idea de las placas de hielo, la verdad. Además, la formación de las colinitas debería ser fácil de medir y no he visto a nadie que lo haya hecho.
Luego están los que dicen no sé qué de líneas magnéticas, pero eso mejor vamos a dejarlo. Además, Ciencia15 ha explicado ya maravillosamente todo esto de las piedras semovientes que no son tales, sino más bien piedras eólicas, o al menos piedras con pocos complejos y cierta crisis de identidad. Y él pone más enlaces. Ya tardáis.
Personalmente, me encanta que las piedras patinen. Aunque fue divertido, por unos instantes, considerar la idea de que las piedras de Racetrack Valley eran una pequeña manada de siliconias. ¡Fans de Isaac Asimov, uníos!
P.D. Entrada dedicada a canopus, que siguió lealmente pidiendo la explicación prometida aunque el misterio ya no era tal gracias a Ciencia15.