En Texas, el tópico es decir que todo es grande: el paisaje, los coches, los tejanos… Y últimamente, las telarañas. Esa preciosidad vaporosa que véis, amortajando los árboles y el camino en unos 200 metros, es una de las mayores telarañas comunales jamás vistas, y apareció en agosto en un parque estatal.
Las telarañas gigantes no son especialmente novedosas, y esta no es ni siquiera la más grande. Hay colonias de arañas sociales que construyen estos enormes velos vaporosos, perlinos al principio y luego coloreados por la quitina de sus numerosas víctimas. Pero esta tela tiene, aparte del interés de la novedad -para mucha gente es su primera visión de una de estas telas, y han dado con una especialmente impactante-, un par de detallitos interesantes. Más interesantes, quiero decir.
La web en sí debe aparecer en los créditos como propiedad de Tetragnatha guatemalensis, una araña tejedora social, inofensiva aparte de su tendencia a la masificación (bueno, inofensiva para nosotros; no para mosquitos y demás bichillos que han coloreado la red de color caramelo). Pero aparte, se le han unido algunas especies más, gorroneando vilmente porque en las cercanías hay abundante pitanza y no es cuestión de dejar pasar la oportunidad. De modo que la tela resultó estar formada por una variopinta colonia de patilargos Tetragnátidos, simpáticos Saltícidos, globulosos Terídidos (Argyrodes sp.), clásicos Araneidos, hirsutos Agelenidos, y ágiles Licósidos. Esto, para un grupo de bichos como es el arácnido, que no le hace ascos a un rápido tentempié canibalístico (inter o intraespecífico, no tienen manías), es un caso de cooperación que ha llamado la atención de los entomólogos que se han paseado bajo los cendales pegajosos y siniestros de la telaraña.
Tiene su explicación, claro. No es tanto cooperación como buffet libre; aunque hay casos de depredación entre las arañas de la tela, se han dedicado a la convivencia pacífica principalmente porque tienen cerca un estanque repletito de insectos voladores, que caen en la tela como, bueno, moscas, para gran provecho de sus habitantes. Territoriales como son las arañas, la telaraña es tan grande que solapa varios territorios de varias especies, y en lugar de merendarse mutuamente, se están zampando la comida más ortodoxa que, como maná del cielo, les cae inevitablemente en la tela.
Pero la historia no acaba aquí. Pocos días después de que la telaraña hiciera las delicias de los aracnofílicos y los terrores de los aracnofóbicos del mundo entero, una tormenta destrozó la estructura y la dejó muy disminuida. Casi todas las arañas desaparecieron. Aquí podría haber terminado la historia de la tela gigante. Pero no.
“Siguen ahí”, ha dicho Donna Garde, la superintendente del parque. “Es sólo que ya no están en la tela. Están hambrientas. Están reconstruyéndola a toda prisa.”
No sé vosotros; pero si yo estuviera pasando por debajo de las nubes sedosas y llenas de pedacitos de quitina, no podría evitar mirar hacia arriba, por si las arañas se han detenido en su trabajo y me están vigilando, pensativas, evaluando hasta dónde pueden llegar si siguen con esto de la cooperación.