Flaca es la gata. He decidido que se llama así, más por mi beneficio que por el suyo, porque total, los gatos ya se saben sus nombres, y no nos los dicen. Se llama Flaca porque lo es, y porque le va, con esos ijares hundidos y el cuello esbelto y los pliegues muy tiernos de piel resbalando sobre su esqueletito de bestezuela a la intemperie.
Y, para todos aquellos que habéis mostrado un amable interés sobre el bienestar de este ejemplo de inconformismo gatuno, hay buenas noticias.
Flaca se pasó a verme ayer por la mañana. Yo, previsoramente, había comprado un par de latitas de Whiskas tras intentar en vano que en la carnicería del super me dieran unas vísceras (“No es higiénico”, decía la empleada; “lo prohíben las normas”, remachaba otro empleado). Ya sabeís que Flaca rechazaba con altanería toda golosina que le ofrecía, salvo unos tragos de leche para gatos, así que, sin mucha esperanza, saqué la latita de Whiskas de ternera, la abrí, y volqué su contenido en un platito. Lo siguiente es un poco confuso; recuerdo un misil peludo, un boom sónico, y cuando recuperé un poco la orientación la mitad del engrudo había desaparecido y Flaca se aplicaba a trasegarse la otra mitad con todo el entusiasmo y rapidez de una aspiradora.
O sea, que de falta de apetito, nada. Lo que pasa es que no había dado yo con sus gustos.
Tras zamparse casi toda la lata de una sentada, Flaca se quedó con cara no sé si dolor de estómago o de felicidad suprema. Se sentó un rato, mirando al vacío, se dio una sesión de lavado muy concienzuda, y luego se me vino encima y, ronroneando como para hacer saltar un detector sísmico, se me tiró encima de los zapatos y se quedó panza arriba dejándose mimar un rato.
Llegué tarde al laboratorio. ¿Pero a que mereció la pena?
P.S. Hoy ha vuelto, y hemos repetido la jugada (aunque sin boom sónico), con una latita de Whiskas de pollo, que no parece haberle gustado tanto. Pero que se ha comido también. Mi preocupación por su supervivencia ha disminuído varios enteros.