Ya hablé en alguna ocasión de las vaquitas, digo, los gatos de Corvallis. Y en aquella entrada de tiempos pasados comenté que dos de ellos me visitaban regularmente. Los dos llevaban collares de una sociedad protectora, con medallitas en forma de corazón que exhortaban a llamar a un número si encontraba al portador. Sabiendo lo mirados que son para estas cosas, llamé al número y nadie dijo nada. Dejé un mensaje y, ya con la conciencia tranquila, seguí recibiendo las visitas esporádicas de mis dos amigos. Amigas, en realidad, porque en realidad ambas eran gatas.
Una de ellas, negra y esbelta, parecía estar más o menos prohijada por los vecinos, pero la otra, atigrada, era más escurridiza y aparecía y desaparecía como los estudiantes en verano por el campus. Al cabo de una larga pausa sin saber de ella, volvió a aparecer, sin el collar y mucho más delgada. Acostumbrada yo a ser testigo lejano de la vida de los gatos callejeros, sonreí para mí y, deseádole mentalmente que al menos hubiera pasado un buen rato, le di la bienvenida como si no hubiera pasado nada.
Cuando no hay barrera de lenguaje, porque no hay lenguaje, es curioso darse cuenta de que nuestra forma de comunicación más inmediata pasa por la comida. Existe un placer muy enterrado en los huesos que se manifiesta cuando damos de comer a alguien, y con los animales es casi lo primero en lo que pensamos, sea la oferta de comida cierta o no (“Ven, toma”, es la eterna llamada). Así que cuando vi volver a la gata le ofrecí unas sobras, que rechazó.
No me extrañó mucho; vista la vida de mimos que llevan los gatos de Corvallis, hasta los abandonados, no me extraña que rechazara unas humildes sobras de pollo y arroz. Pensé que había estado comiendo en otra parte, estuvimos un rato de charla -yo admirando su belleza, ella dejándose admirar-, y se fue.
Muy poco después, la joven pareja que alquila el apartamento de al lado del mío me vio jugando con la gata y me preguntaron si era mía. La gata me tolera, apenas, pero con más gente en las cercanías se pone nerviosa, así que asistió a este diálogo desde debajo de un coche. Les dije que no, que simplemente viene de vez en cuando en pos de compañía, y ellos se extrañaron de que una gata tan linda estuviera sola en la vida, aunque la gata negra se la había prohijado por entonces. Estuvieron llamándola un rato (“Ven, toma”), sin conseguir más que cubriera la mitad de la distancia, le ofrecieron sobras, que ella olisqueó y desechó, y finalmente se fueron, y yo también.
Debí haberme imaginado lo que vendría luego.
Ese mismo día estaba yo aquí tecleando algo de mucha sustancia (chssst, disimulen) y vi por la ventana que Dawn, la vecina, estaba haciendo un nuevo intento y había conseguido atraerse las simpatías de la gata, que le pedía mimos con esa insistencia nada servil que tienen los gatos. Un segundo después, se desató el infierno.
Dawn había cogido a la gata en brazos (se deja, pero sólo un ratito), y se la llevaba hacia el coche, sin duda con la bienintencionada idea de llevarla a algún refugio. La gata vio el coche, se dio cuenta de que estaba en rumbo de colisión con el interior, y de inmediato se convirtió en una anguila, en un látigo peludo, en un atún de tierra sacudiéndose espasmódicamente como un artista de circo, girando y doblándose y dando patadas. No tuvo necesidad de sacar las garras ni de dar un bocado. Sus bufidos y su elástica resistencia sorprendieron a Dawn, que la dejó caer. La gata huyó, sacando chispas del pavimiento, y no volvimos a saber de ella en semanas. Su madrina se paseaba como alma en pena, maullando lastimeramente en las zonas que solía frecuentar la gata gris, pero nada.
Reapareció hace unos días, flaca como un esqueleto pero tan mimosa como siempre. Nuevamente le ofrecí comida; nuevamente la rechazó. Al igual que el agua que le ofrecí, y la leche, y hasta unas gotitas de crema. Timidez, pensé, y dejé el plato fuera, en las escaleritas, y me fui, fingiendo desentenderme de todo el asunto. La gata me siguió dentro de casa, se dio unas vueltas, olisqueó cosas sin mucho interés, se fue. Al día siguiente la comida seguí allí, intacta. Pero la gata volvió.
La veo desde entonces cada dos o tres días. Viene, se deja acariciar un rato, maúlla y me mira intensamente. No sé qué quiere. Rechaza todo alimento o bebida, pero si la acaricio ronronea como una locomotora. Corvallis es el tipo de ciudad que se desvive por los animales, lleno de gente que se moriría por adoptar una gata así de guapa y dulce. Yo lo haría si mi contrato admitiera animales, pero no los admite, aparte de mí: nuestra amistad ha de mantenerse furtiva. Y de todos modos ella no me querría. No quiere a nadie. No come, no se deja atrapar, no se deja arrastrar a la vida regalada de sus congéneres. No sé qué quiere, pero no es la vida que Corvallis le ofrece. Está en huelga, es una rebelde, no quiere seguir el juego, no intenta ser gata de Corvallis. Quiere algo intangible, unas caricias, quizá algo que no acierta a identificar. Pero sabe lo que no quiere.
No sé cuánto durará así: al ritmo al que está adelgazando, pronto no será más que piel y huesos y no podrá evitar que la lleven a un refugio y la inflen a base de sondas intravenosas y la pongan lustrosa otra vez para que algún estadounidense compasivo admire su piel brillante y sus enormes ojos verde agua y se la lleve a casa, con collar, y le de bocaditos escogidos de Whiskas salmón aux fines herbes y la convierta en otra de esas vaquitas rechonchas y apacibles. O quizá esquive la piedad bienintencionada de la gente de aquí el tiempo suficiente como para morirse tranquila en un rincón, si eso es lo que quiere.
Pero, por si eso no es lo que quiere, voy a ver si compro algún pienso rico rico con que tentarla y que acabe comiendo. Que me cae bien.