Se acerca Halloween, y sólo alguien en coma cerebral profundo encerrado en una caja fuerte estanca dentro de una jaula de Faraday podría olvidarse de ello. Está en todas partes: todo es color calabaza, verde bilioso, rojo sangre, negro gótico. Acabo de volver de comprar, y en el exterior de la tienda, perdón, de la gran superficie deshumanizada e inorgánica (mentira y mentira, pero esto queda para otra entrada)… Ehm, decía, que fuera de la tienda había cajas y cajas llenas de calabazas de todos los tamaños, desde miniaturas como manzanas a monstruos de 70 kilos como alienígenas invasores.

Halloween es divertido, aquí. A pesar de que ha conservado el nombre católico, contracción de “All Hallows Eve”, es un batiburrillo de creencias y tradiciones centroeuropeas, irlandesas y celtas sobre todo, desde los “soul cakes”, precursores de los niños que te amenazan con darte un susto si no les das dulces, hasta Jack O’Lantern, que dio lugar a esta plaga anual de calabazas a partir de una leyenda popular, estremecedora como todas las leyendas populares. Jack era un borracho y un tramposo que engañó al diablo en una ocasión. Cuando murió, no pudo ir al cielo por los vicios que tuvo en vida, pero tampoco fue al infierno porque el diablo todavía le guardaba rencor al recordar cómo Jack lo atrapó en un árbol, así que, condenado a vagar para siempre, el diablo dio a Jack una brasa para iluminar su camino en la oscuridad, y puso esa brasa dentro de un nabo ahuecado para que durara más. En Irlanda, en la noche de Halloween, se fabricaban esos farolillos, llamados “Jack’s lanterns”, hasta que alguien algo más versado en botánica se dio cuenta de que las calabazas cundían más y eran más fáciles de ahuecar que los nabos, y hasta hoy. Y no quiero oír ni una risita.

A mí me cae bien Halloween. Como siempre en los USA, hay de todo: te proporcionan un kit de Halloween completito, desde disfraces para los niños hasta bolsas de caramelos surtidos, pasando por calabazas de plástico con caritas talladas y bombillas dentro, con lo cual Halloween resulta tan atractivo como una trepanación. Pero, también como siempre en USA, mucha gente se lo monta de manera artesanal, y las familias parecen pasárselo pipa preparando las cosas con semanas de antelación: todos tallan calabazas, compitiendo a ver quién crea la más terrorífica, cocinan diversas delicias especiales para la época, decoran las casas con temas de Halloween, se cuentan historias de miedo unos a otros, preparan bolsas especiales con caramelos, y, en general, hay un ambiente de anticipación y festival que resulta agradable de contemplar, si una se olvida un poco de todo el merchandising asociado. No es fácil, aviso.