Creo que una de las cosas más desazonantes que se pueden ver fuera de la pantalla de un cine son escenas en las que lo familiar se da la vuelta como un calcetín. Ni siquiera los teleñecos tendrían apuro en dejarnos ver a una rana almorzando, tal que así:
Ñam, rico
Normal, ¿no? Ley de vida, etc., etc.; incluso es mona, la bichita, con esos ojos lánguidos y esa piel sedosa. Sin embargo, agarraos que viene curva:esto (no mirar el enlace si eres bichofóbico, y lo digo muy en serio) pone la piel de gallina.
¿Por qué? El bicho en cuestión, un amblipígido, es totalmente inofensivo, y la verdad es que bastante tímido. No es venenoso, no es agresivo, y de hecho es considerado una excelente mascota, fácil de cuidar y mantener, limpia, discreta y de hábitos interesantes. Pero algo enterrado muy en el fondo de nuestra fisiología nos da ganas de salir corriendo para el otro lado ante semejante espectáculo. Es que ni el alien, oiga.
Hace unas semanas los chicos y chicas del departamento de entomología del campus sacaron a algunos de sus inquilinos a tomar el aire en el Quad; aunque no soy de las que aprecian una tarántula paseándose por la cara, no tengo inconveniente en fastidiar un rato a algunos insectos palo y algunas mantis religiosas de esas con que Steven Spielberg gustaba de torturar a sus actores, cuando Steven Spielberg era divertido, claro. Lo que más me llamó la atención de tener uno de estos bichos tomando el sol en mi mano fue que pesaban. Tiraban de mi piel cuando se agarraban con las garritas. Y también fue curioso darse cuenta de que tuve un momento de piel de gallina mientras me alargaban el bicho, que desapareció cuando tuve al bicho en la mano. De hecho me cayeron bien, sobre todo los insectos palo.
Pero he de confesar que, aunque tenían los aguijones cortados, no tuve ganas de acariciar un escorpión.