Anoche iba yo hacia el coche, caminando deprisa por las calles frías y como acurrucadas del pueblo. La temperatura descaradamente invernal ocupaba todos mis procesos mentales, hasta que el portazo al entrar en el habitáculo me sirvió de divisoria, cortando el frío como quien corta un trozo de pan; hice incluso el preceptivo “buf” agudo que haces cuando cierras la puerta a una intemperie de las que hacen que el exterior sea eso, intemperie, más que exterior. 

Las luces de los faros blanquearon un poco la penumbra anaranjada de las farolas de sodio; apenas asomaba el coche una rueda a la calzada cuando otros faros gemelos, pequeñitos, me miraron. 

El gato cruzó la calle a la carrera, alertado por el ruido del motor, mirándome por encima del hombro con la expresión entre alerta y vacía que tienen los gatos por la noche. Era joven, negro, rápido. Detrás de él caminaba otro gato, más pequeño, más delgadito, atigrado en grises. Sus ojos hicieron eco a los de su compañero, devolviéndome la luz de los faros del coche. 

Los dos cruzaron veloces, mientras yo salía despacito; el negro trotando a buen ritmo por la acera, el pequeño gris siguiéndolo un largo por detrás y un poco a su derecha, con determinación pero con la timidez del que no se sabe líder en la pareja. 

Ya me había puesto a su altura cuando llegamos a la esquina. El gato negro giró resueltamente hacia la derecha. El gatito gris, que aún no había llegado a la esquina, desapareció. Se disolvió en un soplo de aire gélido y limpio y en una hoja amarilla que trazó un tirabuzón y se fue tras el gato negro. Yo me fui en sentido opuesto, pensando en lo que había visto, y llegué a una conclusión. 

Los fantasmas no existen. 

Pero las historias de fantasmas, sí.