Ayer había una ardilla muerta en la calle, frente a mi casa. Muy muerta, pero muy recientemente: la sangre todavía se extendía, despacio, bajo el cuerpecito. Un charco del color rojo más increíble imaginable.

Ya he dicho un par de veces que las ardillas son mucho más monas vistas de lejos. De cerca no lo son tanto. Muertas, especialmente como esta, con la cabeza rota, muchísimo menos aún. Me extendería en algunos detalles anatómicos interesantes, pero no quiero herir delicadas sensibilidades, que sé que las hay por ahí.

Y supongo que ahora lo que toca es alguna reflexión del tipo de “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte”, o algo del tipo de “la muerte indiferente que la Naturaleza reserva a toda criatura”, o algo del tipo “si una ardilla engorda mucho no esquiva coches igual de bien”, pero eso se queda para otro estilo de blog. Este de aquí tiende a no hacer mucho caso de reflexiones filosóficas cuando la imagen descrita las hace obvias. Lo cual quiere decir que a lo mejor os encontráis las reflexiones arriba mencionadas cuando esté hablando de, pongamos, el desarrollo ontogénico de la rana toro. Porque yo soy asín. Rarita.