'...una rata que aún podía morder...'Mientras recordaba la escena con Saw, Holmes había ido agitándose más y más, sin apenas tocar la deliciosa comida que tenía delante. Yo estaba resuelto a no interrumpirle, pero no pude evitar una exclamación cuando emitió una afirmación tan tajante.
-Pero Holmes, ¿qué dice? ¿Cómo podía estar tan seguro?
-Qué cosas pregunta a veces, Watson; debería ser obvio hasta para usted -replicó mi amigo con inusitada ferocidad, inclinándose hacia delante con vehemencia-. Ese hombre estaba ahí, delante de mí, sin saber si tenía la policía pegada a mis talones, diciéndome con todas las letras que había estafado, que se había aprovechado, que había usado el dolor y la culpabilidad de un hombre para sacarle los ahorros de toda una vida, que había perpetuado un mito inicuo para…
-Holmes, eso no es ni de lejos razón suficiente para… -objeté, aprovechando la pausa que hizo para tomar aire, pero acto seguido me levanté de la silla con una exclamación de horror.
Durante su parrafada, el semblante normalmente pálido de mi amigo había ido enrojeciendo más y más. Cuando se detuvo para respirar vi que sus ojos se ponían en blanco, que palidecía bruscamente, y que se echaba hacia atrás con un jadeo ronco y los miembros convulsos.
Yo estaba familiarizado con la naturaleza nerviosa de Holmes, y en alguna ocasión había visto cómo su salud sucumbía a las terribles privaciones que imponía a su organismo cuando un caso requería de todas sus facultades mentales. Pero nunca había visto un ataque tan severo ni repentino, sobre todo teniendo en cuenta que Holmes no se encontraba especialmente debilitado. Me abalancé hacia él a toda velocidad, apenas consciente de la consternación que la escena estaba causando entre los clientes del restaurante; le desabroché el cuello de la camisa mientras mi pobre amigo respiraba entre estertores, le aferré la muñeca buscando el pulso, y pedí brandy a voz en grito.
Una risa suave me detuvo en seco.
-Es usted muy amable, Watson, pero me apetece un café primero -dijo el detective, incorporándose en la silla con toda tranquilidad y apariencia perfectamente saludable.
-¡Holmes! -exclamé, aliviado durante un segundo al ver que mi amigo estaba bien, e iracundo al siguiente cuando me di cuenta de lo que había hecho-. Holmes, esto es demasiado incluso para usted, ¡debería avergonzarse! ¿A qué se debe esta broma de pésimo gusto?
-Le pido mil perdones, mi querido Watson -replicó Holmes, contrito, mientras tranquilizaba al camarero con un gesto-. En verdad debo aprender a moderar esta afición mía por lo teatral. Pero cedí a un impulso perverso cuando quedó claro que usted no había percibido el punto clave en mi narración.
-¿Punto clave? -volví a mi silla, un poco mareado por los acontecimientos-. ¿De qué infiernos habla, Holmes? ¿Qué tiene que ver un ataque fingido con lo que me ha estado contando? ¿Me está diciendo que Fernville fingió su ataque?
-No, no, no, Watson -suspiró Holmes; acto seguido levantó ambas manos y las llevó a su camisa, abrochándosela lenta y teatralmente-. ¿Lo ve ahora?
-No veo nada -dije, más confuso que antes-. ¿Qué tiene de raro que se abroche la camisa? Yo se la había desabrochado antes, cuando ha llevado a cabo esa broma tan desconsiderada.
-Cierto, Watson, cierto. Usted, como un buen samaritano, acudió en socorro de un semejante que sufría, y realizó todas las acciones necesarias, o al menos aquellas que le di tiempo a realizar antes de “recobrarme”. Y lo primero que hizo fue desabrocharme el cuello de la camisa para permitirme respirar mejor.
-Por supuesto, qué otra cosa…
-Sin embargo, recordará que Fernville llevaba su bufanda estrechamente anudada al cuello cuando lo encontraron, Watson -dijo Holmes gravemente. Vi la luz en un instante, como un relámpago cegador.
-Oh, Dios mío…
-Sí; Saw mintió cuando dijo que le aflojó el cuello. Describió perfectamente las acciones de alguien que intenta socorrer a un anciano, pero lo cierto es que no llevó a cabo tales acciones. Sabía que Fernville había tenido un ataque, aunque no había mencionado esa palabra. Estuvo allí, en efecto. Pero no como espectador horrorizado que intentó ayudar.
-Pero Holmes, Fernville pudo morir del ataque, fulminado, y Saw sencillamente no hizo nada por intentar reanimarle. Eso le convierte en un ser despreciable, pero no en un asesino.
-¿Entonces por qué mentir? Ya estaba confesando ante mí haber estado presente en su muerte. La mentira sobre aflojarle las ropas sólo tiene sentido si con ella estuviera encubriendo una acción mucho más siniestra. Algo frente a lo cual confesar una estafa no era nada.
“Yo vi todo eso en un parpadeo, y algo debió asomar a mi mirada, porque Saw abandonó su pose de tranquila insolencia. En ese momento me reproché de nuevo haber ido solo hasta allí. Había acorralado a una rata que aún podía morder.”
-Holmes, no intentará decirme…
-Usted tiene siempre la amabilidad de embellecer sus relatos para hacerme parecer infalible, -dijo Holmes, con una sonrisa triste-, pero soy tan susceptible de error como el que más, y cometí un error yendo allí solo y desarmado. Eché de menos su presencia y su revólver del ejército junto a mí, Watson. Saw era más joven que yo, y empezaba a darse cuenta de que su historia no me estaba convenciendo. Su nerviosismo aumentaba, y con él la probabilidad de que se decidiera por algún curso de acción violento.
“Me disponía a hacerle creer que su historia me había convencido, y a salir de allí para llamar a Scotland Yard lo antes posible, cuando Saw pareció resolver una lucha interna. Su rostro se endureció, y en un instante me encontré mirando la boca de una pistola apuntada directamente hacia mi pecho.”

***

No me peguéis mucho. No sería un buen folletín sin un “Continuará” en este punto. ¡Parte final, en breve en sus pantallas!