Tengo a Saturno muy visto. Hay fotos, dibujos, infografías y webs enteras dedicadas al planeta más cuco del sistema solar. Porque es el más cuco, no me lo negarán. Júpiter es más bonito, una canica de franjas multicolores, pero Saturno, con sus enormes anillos, es el planeta. La silueta que todos reconocemos y la imagen que nos viene a la mente cuando nos hablan de un “planeta”.
Este viernes estuve en el Street Alicante Science, una feria-festival-evento-cosa dedicado a sacar la ciencia a la calle y a explicar qué hace esta panda de locos a los que llamamos “científicos”, así en general. Fue una experiencia breve (por desgracia) pero estupenda, y estoy preparando una entrada más larga contando un poco qué me encontré por allí y por qué creo que estas cosas deben ocurrir muchas más veces.
Pero hoy quiero hablaros de la primera vez que vi Saturno.
Fue ese mismo viernes, de anochecida. Unos cuantos irreductibles, y otros que no eran de la guerra, acabábamos de suicidarnos (sí, me suicidé otra vez) con mucha risa y provecho bajo la batuta de @FerFrias (que se suicidó dos veces esa noche, el muy machote), y yo me tenía que ir. Así que más tarde, mientras los demás homeozombies se iban al cóctel científico, los muy canallas, yo me encaminé a la salida del recinto donde dos grandes carpas habían estado emitiendo una algarabía de gente pasándoselo bien durante todo el día. Iba yo contenta y rememorando las muchas cosas chulas que había visto y oído, pero iba también reventada y con ganas de meterme en la camita.
Entonces vi unas siluetas oscuras agachadas en torno a algunos trípodes misteriosos, lo cual me hizo encaminarme inmediatamente hacia ellos. Para mí, los trípodes misteriosos son una provocación. Qué le vamos a hacer. H.G. Wells hubiera gozado conmigo.
Eran telescopios. Se me pasó el cansancio de golpe, porque un señor, doblado en dos sobre el ocular de uno de los cacharros, estaba diciendo “Tengo a Venus, y está espectacular“. Lógico, por otra parte, siendo Venus. Pero como no se captura todos los días a una diosa, me agaché yo también a mirar.
En el campo azul índigo del telescopio se veía una media lunita blanquidorada, imposiblemente nítida y bonita, una tajadita de luz reflejada desde la superficie de un planeta a unos cuarenta millones de kilómetros, mordida por una sombra igualmente tremenda, pero que en ese momento, en el ocular del telescopio, era tan delicada como la más perfecta de las joyas, realmente el Silmaril que lleva Eärendil en la frente. Chist, a mí me mola Tolkien, os aguantáis.
Encandilada por la sorpresa de ver que un planeta a través del telescopio es a la vez tremendamente soso y tremendamente emocionante, me acerqué a otro telescopio que apuntaba decididamente por encima de una de las carpas, a una tenue lucecita rojiza.
–Es Saturno –me dijo el astrónomo que estaba contestando a las preguntas de la gente.
–Nunca he visto Saturno –dije, mintiendo cual bellaca pero a la vez diciendo la verdad. Hasta esa noche, nunca había conseguido identificar Saturno en el cielo, para empezar, y aunque he visto cientos de fotos del planeta, nunca lo he visto a través del telescopio.
Así que esperé mi turno (reconocí al chico de delante de mí porque se había pasado parte de la tarde, como yo, friendo a preguntas a una chica que tiene como profesión la cría de moscas), y me asomé de nuevo al ocular de un telescopio, lo más parecido a una TARDIS que conozco (junto con el microscopio): tan pequeño por fuera, tan grande por dentro.
De nuevo apareció una silueta nítida, un recortable plateado del planeta más absolutamente paradigmático posible, la esferita rodeada por los anillos en airoso ángulo, como un sombrero llevado con mucha clase. Me quedé unos segundos parpadeando, encandilada, viendo la forma tan característica de Saturno en vez de la chispita amorfa que nos muestra el cielo.
–¿Ves Titán? –me dijo al oído el astrónomo–. Mira arriba, un poco a la derecha, un puntito que casi no se ve.
Lo vi. Había un alfilerazo casi imperceptible de luz donde me indicaba: una de las lunas de Saturno, a distancias inimaginables. Yo seguía encantada por la silueta plateada.
–¡Tiene franjas! –exclamé. Claro que tiene franjas. Lo sabía de sobra. Pero en ese momento, mirando a través del telescopio, Saturno y sus pálidas franjas azulinas fueron absolutamente nuevos para mí, y tenía que compartir mi descubrimiento con el mundo: Mirad, es Saturno, mirad, tiene anillos, mirad, qué franjas más bonitas tiene.
A mí me pasa esto muy a menudo con el ADN o alguno de mis otros amores científicos: quiero que los demás lo vean, lo admiren, lo quieran como yo, no sólo por su poder explicativo de la realidad, sino por su belleza intrínseca. Me resulta tremendamente gratificante que alguien entienda, aunque sea durante un rato, por qué me enamoré de esa molécula en concreto y por qué la considero hermosa.
La noche de viernes del StAS, gracias a los astrónomos allí presentes, yo descubrí ese aguijonazo de felicidad que da abrir la mente a otro cachito del universo. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento. Por fin he visto Saturno.