Y con esto terminamos la trampa de hoy, que no la historia. Pero es que esto estaba concebido más bien como una viñeta que como una historia y no sé de qué modo continuar sin irme a longitud de novela, de modo que disculpas por anticipado por el cuentus interruptus.

II
Estrictamente hablando, Choshi no provocó la aparición de una de las dos únicas Formas Turing del mundo. Fue un accidente, el espectacular resultado de un aficionado a juguetear con formas.
Pero “azar” era una explicación demasiado prosaica para muchos; la probabilidad de que una Forma Turing apareciera por azar sonaba impresionante hasta en notación exponencial, y quizá por eso había tanta gente dispuesta a creer en alguna otra causa, más directa, más misteriosa. Caos. La Segunda Ley de la Termodinámica. El estado supraordenado de la materia. Una conspiración. Dios.
Teo aceptaba la hipótesis del azar. Pero incluía en ella a Choshi: el factor humano, el crucial factor humano. El elemento del que las Formas, Turing o no, no tenían visos de librarse pronto.
El silencio se estaba haciendo incómodo.
—Discúlpeme —dijo Teo al notarlo—. No pretendía ofenderle.
—No me ha ofendido. Para responder a su pregunta, sí, estoy desolado por su muerte. Me he acostumbrado a tenerla cerca, y aunque puede resultar muy molesta, se ha convertido en parte de mi vida. Si quiere una analogía de mi estado de ánimo, imagine que la Forma es un perro travieso y extremadamente longevo con quien me he encariñado mucho.
Teo sonrió, asintiendo, e iba a replicar algo cuando un sonido extraordinario llenó la sala. Durante un instante de sorpresa, Teo creyó que alguien estaba aplastando la carrocería de un coche en otra habitación. Luego se dio cuenta de lo que era, y parpadeó.
—¿Es la Forma? —preguntó, e inconscientemente su voz se convirtió en un susurro, como si estuviera en un auditorio. O en un templo.
Choshi asintió.
—Es raro que alcance tanto volumen —dijo, esforzándose por mantener un tono de voz normal—. Últimamente parece centrarse en la gama no audible del espectro.
Teo intentó imaginarse vivir en la misma casa que un… ¿Objeto? ¿Utensilio? ¿Aparato?… No había un genérico cómodo. Vivir en la misma casa que una Forma capaz de emitir sonidos en frecuencias ultrasónicas. O subsónicas. O ambas cosas a la vez.
—¿No ha aislado la habitación?
—Lo hice durante unos meses, pero la Forma lo percibió por los ecos y se volvió… digamos que tuvo una rabieta. Desde entonces es cierto que usa muchas menos veces frecuencias dañinas para el ser humano.
“Tuvo una rabieta” podía ser una metáfora adecuada para ahorrarse cinco minutos de términos científicos, o un indicador de que Choshi no acababa de creerse sus propias palabras y había, de hecho, antropomorfizado a la Forma, como hacían los Cuidadores y los Formistas. Pero Teo estaba totalmente fascinada por la cascada de disonancias que llenaba la sala.
Naturalmente, había oído conciertos de la Forma, transmitidos en directo por Internet. Naturalmente, había comprado todos sus AVs. Pero no había tenido acceso a la producción “en bruto” de la Forma, antes de que los ingenieros de software y de sonido moldearan sus creaciones en un estilo más asequible para el consumidor.
Y lo que la Forma estaba emitiendo ahora mismo era… feo. No tenía estructura, ni armonía, ni siquiera la leve excusa de pretender escandalizar los gustos burgueses de las masas. La Forma no entendía de masas, ni de ventas, ni de mercado, ni siquiera de su audiencia. Había sido demostrado que la Forma no entendía el lenguaje en ninguna de sus formas. La Forma percibía sonidos, los procesaba de alguna manera que científicos de cincuenta países todavía no entendían, y componía.
—Menos del diez por ciento de su producción puede calificarse, lejanamente, de “musical” —dijo Choshi, cuando el volumen disminuyó un poco.
—No lo entiendo… Salen nuevos AVs cada dos o tres meses… Todos los laboratorios reciben terabytes de material continuamente.
—Por supuesto, ¿qué esperaba? La Forma no duerme. Está constantemente emitiendo, aunque últimamente no lo hace a niveles audibles. Pero incluso esas son registradas y enviadas a los laboratorios asociados. Y desde hace meses la proporción, digamos, artística, de su producción ha aumentado apreciablemente. Venga, se lo mostraré.
Teo se levantó y siguió a la figura menuda de Choshi a través de dos habitaciones casi sin muebles y unas escaleras hasta la parte trasera de la casa, donde la pendiente del terreno permitía la existencia de un pequeño subsótano, convertido en laboratorio y altar improvisado.
Teo parpadeó. “Altar” era ciertamente la palabra correcta: el centro focal la habitación, si es que se podía decir que semejante espacio repleto de trastos y maquinaria tenía un centro focal, era una peana que reventaba de sensores y de la cual emanaban cables como filamentos de una medusa. Sobre la peana, protegida por una campana de cristal especialmente diseñada, estaba la Forma Nagasaki.
No era nada espectacular: en el centro de todos los aparatos de control se adivinaban los contornos de la forma original. Choshi la había diseñado a la vez como caja de resonancia y escultura, y el resultado se parecía, lejanamente, a un jarro con unas ramitas en un estilo de ikebana muy japonés, muy asimétrico. Teo se imaginó a Choshi en su austera casa, con la Forma en un rincón especialmente elegido por su acústica, conectada a un equipo musical o a un sintetizador, procesando las señales acústicas con sus biochips. Hasta que meses, años después, la música emitida por la Forma empezó a ser… propia.
Choshi había tardado dos años en cerciorarse de que el fenómeno era real y siete años más en convencer de ello a la comunidad científica. Desde entonces habían pasado quince años de estudio intensivo para explicar, o al menos para intentar explicar, cómo era que una Forma Turing había aparecido espontáneamente. La Forma MIT había sido diseñada, al menos en parte, para favorecer la aparición de una Forma Turing según las teorías. Las teorías habían sido parcialmente reinvindicadas: la MIT era una Forma Turing, pero en un plano tan abstracto que era difícil que la gente la considerara “consciente”. Con la Forma Nagasaki nunca había habido ese problema. Desde luego Teo, mirando el extraño sistema de soporte vital que rodeaba a la Forma, y escuchando los chirridos y zumbidos que emitía, sintió estar mucho más en presencia de una entidad consciente que cuando visitó la Forma MIT.
Y ahora, si tenía razón y lo que vio en Salamanca confirmaba su teoría, cuando la Forma Nagasaki muriera seguiría habiendo dos Formas Turing en el mundo.

Y fin. Porque ahora mismo no sé muy bien cómo seguir.
Perdón por la trampa. A ver si en siguientes semanas no me despisto.