El problema, o parte de él, es que esto de la descripción estacional es un camino plagado de tópicos, y aunque de vez en cuando hay que defender el tópico, hoy debo tener el día un tanto borde porque la verdad es que pienso en describir el otoño de oro, piel y fuego de Corvallis y me salen sarpullidos. Después de la primavera, creo que el otoño es la estación más maltratada por poetastros y vates de tres al cuarto que ven una hoja roja y de pronto se les sube el pronto lírico a la cabeza y les entra tal verborragia de cursilerías que una se siente tentada de mudarse al ecuador sólo para no tener que soportar tanto desperdicio verbal. Ya os he dicho que tengo el día borde, que no se diga que no aviso. Fijaos si estoy borde que voy a abstenerme del habitual disclaimer ese de “por supuesto existe gente que ha descrito las estaciones con una poesía rayana en la divinidad, usando imágenes tan bellas que se me pone la piel de gallina”. A estas alturas ya nos conocemos y sé que no es necesario decirlo. Pero como a estas alturas ya nos conocemos, mejor lo digo, porque la verdad es que no aprendemos, ni por Internet.

Pues sí, es otoño. A lo mejor otro rato se me ocurre contaros cómo es el otoño aquí (anda que no lo he hecho veces ya), y entonces podréis, con toda justicia, acusarme de todas las cosas con las que me he metido más arriba. No sería raro.