En un día de primavera que parece pintado por un confitero de cuento de hadas, el Memorial Union ha sido testigo de un acto que, para alguien que viene de España, resulta curioso. Quizá también agridulce.

La cosa es que aquí el porcentaje de creyentes y practicantes de alguna denominación del cristianismo (hay la tira) es muy alto. Ya he hablado varias veces del asedio de encuestadores, Testigos de Jehová, mormones, baptistas, y otras especies espirituales que campan a sus anchas por todas partes. Además, hay iglesias hasta debajo de las piedras, desde cosas grandoootas como las iglesias de la calle Monroe hasta casitas destartaladas que proclaman ser, por ejemplo la “Iglesia de San Anselmo de Canterbury” (al lado de la Beanery; jamás he visto un feligrés entrando ni saliendo, pero el cartel tiene letras bien gordas). Luego tenemos St. Mary, la única -que yo sepa- iglesia católica de por aquí. Nunca he entrado. Por fuera es espantosa, horripilante, un bloque irregular de madera, sin ventanas, en lo alto de una pequeña elevación. Está rodeada de verja con alambre de espino. Parece un búnker. Te dan ganas de dar un rodeo para no tener que pasar cerca.

Lo que quiero decir es que aquí la religión es cosa que mucha gente vive a fondo, no algo para pasar un domingo o en plan social y festivo como es más normal en España. Como la mayoría de la gente es protestante, están muy acostumbrados a leerse la Biblia. Algunos se la saben de carrerilla. Es el puntal de cualquier argumento religioso en los USA. Y aquí es donde la cosa corta, y hace sangre.

El acto de hoy en el Memorial Union se llamaba “Biblia y homosexualidad”. Un montón de chicos y chicas escuchaban atentamente a un señor hacer unos malabarismos impresionantes con citas selectas de tal libro para permitirles reconciliar su elección sexual con su religión. En otro día, en otro estado de ánimo, hubiera escrito algo jocoso. Hoy la cosa me ha parecido triste, agotadora, insensata, fútil. A medio kilómetro de distancia, en una de las múltiples iglesias, o quizá en el mismo campus, en una de las innumerables salas que la Universidad pone a disposición de quien lo solicite, algún otro señor o señora está usando citas selectas del mismo libro para predicar el fuego del infierno a estos chicos y chicas por ser homosexuales. A mí me da igual, no me afecta ni una cosa ni la otra; pero a ellos sí, se les veía interesados, casi ansiosos, buscando de labios de alguien las razones que les permitan reconciliar lo que son con lo que creen. Cualquier excusa. Cualquier argumento a favor. Lo que sea: una migaja de lógica desesperada, arañada de interpretaciones de versículos de un libro escrito por hombres muertos miles de años atrás. La necesidad desnuda de esa certeza, la convicción de que sólo pueden estar a gusto con lo que son y lo que hacen si la Biblia lo dice, me ha llenado de un cansancio repentino, y me he ido antes de que terminara el acto.

Ellos han tenido la cortesía de no venir a intentar convencerme de que tienen razón, y por respeto a esa cortesía no pienso escribir aquí nada que intente convencerles de que no necesitan que lo que diga la Biblia apruebe, ni mucho menos tolere, su forma de ser. Lo que no puedo dejar de plasmar aquí es la tristeza que, esta tarde, he sentido al escuchar a ese señor retorcer por enésima vez los mismos cansados argumentos para tranquilizar unas mentes que necesitaban (se les veía en las caras atentas, ávidas, y las preguntas siempre personales “A mí me pasa…”, “Es que mi familia…”, “Mi pastor me dice…”) mentiras piadosas en un libro tan apasionante, tan bello, tan trágicamente dañino, como la Biblia.