Halloween está ajado, se ha quedado soso, ha muerto de éxito y de merchadising. Las decoraciones siniestras se ponen por rutina, y las falsas telarañas de gasa que adornaban ayer la Beanery tenían un aire a pegote tristón. Ya escribí sobre esto. Pero no indagué mucho en la razón.
La razón, una de las razones, es la amabilidad estadounidense.
Digo amabilidad por decir algo. Sí, los estadounidenses son gente amable. Pero también son gente que mata con piropos, con azúcar, con brillantina y con (Fat free!) caramelos. La entrada de más abajo, en la que me desahogaba un poco, es parte del problema, que podríamos llamar problema de los superlativos. O del refuerzo positivo. O de la tontuna, directamente.
Supongamos, es un suponer, que vas andando por el campus y te ataca una alumna:
-¿Cuántas son dos y dos? -pregunta, arreglándoselas para sonar a la vez interesada en tu respuesta pero no preocupada por su corrección.
-Cuatro -dices, sin pensarlo más que un poquito.
(Lo que sigue es traducción directa del inglés. Por eso suena raro.)
-¡Fabuloso! ¡Fantástico! ¡Qué maravilla! Eres listísima, ¿lo sabías? ¿No es estupendo ser tan lista? ¡Debes sentirte muy orgullosa de tí misma! ¡Abrazo y celebro tu brillantez! ¡Bien por tí! ¡Adelante, a por ellos, chica!
Etcétera.
Sí, vale, exagero. Pero no os creáis que tanto. La tendencia a buscar el lado positivo de las cosas está tan extendida, y se ha salido tanto de madre, que no me extrañaría dentro de poco asistir a un diálogo parecido al de arriba. No sé dentro de clase cómo estarán las cosas. Pero lo que veo por fuera, lo que leo por fuera, lo que me cuentan por fuera, da bastante miedo.
Porque han devaluado el esfuerzo.
Si hacer el dos por ciento del mínimo te gana tales caricias de ego, nadie quiere ya llegar al diez, al cincuenta, al noventa por ciento. Los que lo hacen son adecuadamente ensalzados, pero -y esta es la clave- no más ni de manera diferente a los que reciben los mismos parabienes por un esfuerzo menor. “No tiene por qué ser perfecto”, le decía a Iovanna su hijo de siete años al colorear descuidadamente un dibujo. Quiero pensar que había interpretado mal las palabras de su profesora, que sí, le dijo eso, pero imagino que queriendo decir que lo hiciera lo mejor posible, no que se conformara con la mediocridad.
No es sólo el esfuerzo personal, es también cualquier cosa que huela a “negativa”. Hoy mismo, en el periódico del campus, hay un artículo sobre el “Dia de los Meurtos” (sic). Las dos terceras partes del texto están dedicadas a remachar, de varios modos y maneras, que la festividad no tiene relación con la muerte, sino con la celebración de la vida. Se percibe una cierta desesperación en los entrevistados, un deseo ferviente de que no se perciba en un festival dedicado a los muertos traza alguna de… bueno, de muerte. Las calaveras de azúcar, el pan de muertos, el festival de ultratumba, la mezcla siniestra y deliciosa de muerte y color, de tumbas y música, pierde de un guadañazo la mitad de lo que hace del Día de los Muertos lo que es, y lo convierte en… otro Halloween, pero con más colorines. No hacerlo así es, hoy por hoy en USA, suicidio social.