Sigo yo, qué queréis que os diga, dándole vueltas a esto del NaNoWriMo, a que una vez terminas te das cuenta de que acaba sirviendo al cómo y no al qué. Al entramado, la tramoya, la trama y urdimbre de una historia, más que al resultado final. A las herramientas del oficio, que son todas, y que a algunos, al menos, nos cuesta tanto usar bien

Esto se me ha cruzado con una apasionada defensa de Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo, libro que no he leído, hecha en Jot Down por el autor de El porqué de una mosca encerrada en un bote, blog que sí leo con deleite y que revisito a menudo por aquello de recordar buenos momentos. En esta defensa, me entero de que Ventajas de viajar en tren es un libro de ciento cincuenta páginas lleno de enjundia al decir de quienes lo han leído, pero que cuando empezó no se llamaba Ventajas de viajar en tren. Se llamaba Selva. Y no tenía ciento cincuenta páginas, sino que rondaba las cuatrocientas.

El autor, Antonio Orejudo, al que siempre llamaré Antonio Orejudo como llamo Don José María Pemán a Pemán porque me gusta más (el nombre, no Pemán), es profesor de literatura. O sea, que sabe mucho de estas cosas. O al menos, seguro que más que yo. Y dicen que dice que “el mejor escritor no es el que más escribe, sino el que más quita”. Esto es un principio que he oído a amigos que saben más de esto que yo, y en libros de gente que escribe sobre estas cosas, y que realmente sabe mucho más de esto que yo. E independientemente de lo mucho más que sepan, estoy de acuerdo con ellos, así que pueden quedarse tranquilos. Que sé que estaban preocupados, lo sé.

Claro que si esto de recortar que dice Antonio Orejudo es una regla sensata y absolutamente aceptada por todos los manuales de técnica literaria que en el mundo han sido, también lo es que no hay que empezar una novela con el encuentro de dos extraños en un tren. Y al parecer Antonio Orejudo empieza así su novela Ventajas de viajar en tren. Con lo cual hagan ustedes el caso que quieran de estas cosas, que al fin y al cabo a veces funcionan y a veces no, y no hay reglas fijas si realmente no quieres que las haya y estás a gusto saltándotelas. Que es, de paso, otra cosa que te enseña el NaNoWriMo: a seguir por donde la historia te lleve, aunque acabes, que para eso es el NaNoWriMo y no tiene consecuencias, en un pozo sin salida. Como acabó, de paso, Lynn Margulis con su endosimbiosis, pero esto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.