Esperando en un semáforo en uno de los puentes que cruzan el cauce del Turia, ahora convertido en parque, miro, para distraerme, a mi izquierda. La noche tiene color gris antracita, velado por una gasa de neblina, y a la luz de sodio las copas de los pinos sobresalen por el pretil del puente como un océano verde y encrespado, casi luminiscente en la penumbra. A lo lejos, la cúpula del Palau de les Arts asoma el lomo: un leviatán inmenso, nacarado, que ha subido a la superficie para tomar una bocanada de aire y hundirse de nuevo bajo las olas esmeralda. Su curva es extrañamente grácil, inquietantemente orgánica, una estampa de una pesadilla lovecraftiana que casi ves moverse contra el aire de pizarra. La ilusión es tan fuerte, la imagen tan vívida, que tengo que parpadear un par de veces para salir del hechizo.
El semáforo cambia a verde y me alejo, un tanto inquieta, anticipando el momento de escribir esta entrada a guisa de catarsis, para librarme de la imagen. No ha funcionado.