La desorientación es un mal de nuestros días. Contra la del tipo anímico, pues bueno, uno se aguanta, o medita, o lo soluciona a base de refuerzo externo (alcohólico o no). Contra la física tenemos GPS, y mapas, y otros bellos elementos más o menos tecnológicos que nos dicen, en el sentido no metafísico, dónde estamos y a dónde vamos.
No es muy grave estar desorientado; total, uno acaba encontrándose, o encontrando a alguien que se encuentra. El problema es cuando tu trabajo consiste en orientarte y, por defecto, orientar a otros.
Eixemplo ilustrativo: hace unas semanas tomamos un taxi para ir a un sitio cuya localización desconocíamos. El astuto plan era contar con los conocimientos urbanos del conductor para encontrarlo. Por desgracia (o por fortuna) no fuimos a dar precisamente con Magallanes.
– A la calle Barón de Munchausen*, por favor -dije, más o menos.
– ¿A dónde? -preguntó el taxista.
– A la calle Barón de Munchausen.
– ¿Y eso dónde está?
Fue el tono. Era la pregunta inocente de alguien ante quien se presenta un enigma irresoluble e inesperado. El mismo tono hubiera usado Edipo al exclamar “¿Que te diga quéee?” cuando la Esfinge terminó de plantear su famoso acertijo. Nuestro plan al garete.
Confesamos avergonzados que no sabíamos dónde estaba, y que habíamos contado con la pericia del taxista que nos recogiera para llegar a nuestro destino. Establecimos un área general donde buscar la dichosa calle. El taxista rumiaba para sí itinerarios mentales que terminaban en el vacío. Mientras, el taxi -de tapicería blanducha y marinada de residuos de años de pasajeros- zigzagueaba entre el tráfico. En la radio sonaba, quizá, pop pakistaní.
Todo empezó a cobrar un aire (más) surreal cuando el taxista me alcanzó una gruesa guía de páginas abarquilladas y mostosas**.
-¿Sabes usarla? -preguntó esperanzado. Dije que sí, y cogí el pringoso tomito. Era una de esas guías especiales para taxistas, que indican por dónde se accede y se sale de cada calle, y había sido consultada tantas veces que los bordes de las páginas se habían afelpado. Busqué, en vano, nuestro destino.
-No viene -dije, devolviendo la guía. El taxista meditó un poco y se embarcó en una filosófica disertación sobre el desarrollo urbano de Valencia. A esas alturas estábamos todos emocionalmente implicados en la aventura, y nos lanzábamos unos a otros sugerencias, maneras de extraer la información de la guía, posibles itinerarios, vagas descripciones de hitos de la ciudad que pudieran orientarnos, y creo que hasta algún conjuro de wicca.
Nada funcionó, y el taxista sufría pensando en que no podría cumplir con su misión, cuando se le ocurrió una idea feliz. Paró al lado de un compañero taxista aparcado y le preguntó por la calle en cuestión. El interpelado, más bien lacónico, alargó el brazo y señaló.
-Es esa de ahí -dijo, por dejarlo claro.
Sonreímos, nos felicitamos, filosofamos un poco más sobre el desarrollo urbano de Valencia. Nos despedimos con las sonrisas de hermandad secreta que comparten todos los que se pierden juntos, y nos separamos para siempre, más sabios y menos perdidos.
Lo importante, dicen, es el viaje.
* La calle Barón de Munchausen no existe. Pero debería.
** El adjetivo “mostoso” no viene en el DRAE. Pero debería.