Me dice mi amigo Pablo, que se ha quedado en Corvallis durante este prolongado hiato que estoy pasando aquí en España, que se aburre. El pobre no tiene blogs que llevarse a la boca, y yo admito que estoy siendo un poco vaga, y claro, él que es amable, me dice que echa de menos mis entradas (las del blog, malpensaos; las del blog). No sé si será verdad, pero por si acaso, me apresuro a deciros que no es que pase mucho de vosotros, ¡al contrario! Es que son fiestas aquí en el pueblo, y me he pasado la mitad de la tarde haciendo fotos a gente y la otra mitad viendo llover. Han sido mitades no superpuestas, ojo. Lo de las fotos es que de pronto he visto la cámara de mis papis, que es majeta, y me he puesto con el teleobjetivo en plan James Stewart a cazar expresiones y actitudes de los que en la plaza, perdón, la Plaza del Olmo (compren el sello y lo verán) asistían a lo que la Comisión de Fiestas llama, con cierto retintín, los “festejos taurinos”. Consisten en lo de siempre, pero para los amigos de otros continentes diré que la idea es soltar una vaquilla en un espacio cerrado y torearla, pero no en plan fiesta nacional y olé, sino pasando cerquita y mostrando lo bien que “recortas” al bicho, o sea, lo mucho que corres para que no te empitone el bicho atreviéndote a la vez a acercarte todo lo posible.

Este año la Comisión (de Fiestas) ha decidido que necesitamos “tierrica de San Julián” en la plaza (del Olmo). Así que han cubierto el cemento habitual con una gruesa capa de una tierra verdegris para, es un suponer, evitar resbalones de vacas y mozos. Lo que pasa es que ha caído un chaparrón de proporciones Noéicas y en un decir “Comisión (de Fiestas)” la plaza (del Olmo) se ha convertido en un lodazal. Pero no ha pasado nada. La tierrica de San Julián es extrañamente higrófoba y forma un barro granuloso que se encariña con las zapatillas y perneras de la gente, pero menos de lo que podría pensarse. Además, la Comisión (de Fiestas) ha hecho venir un ingenio motorizado a la plaza (del Olmo) (vean el sello, leñe), y en un santiamén la tierrica ha quedado amasada con el agua de lluvia formando un todo uniforme y menos traicionero que el puzzle de charcos anterior. Y así han transcurrido plácidamente los festejos taurinos de la tarde, y ustedes disculpen, sin tener que lamentar víctimas ni daños materiales.

Pero he aquí que esta noche hay “toro embolao”. Que es más o menos lo mismo, salvo que lo que se suelta es un novillete, al que previamente se han sujetado a los cuernos unas abrazaderas rematadas, a prudente distancia, por sendas bolas de brea y estopa, a las que se prende fuego para que haga mono y quede de lo más pagano y algo ramplón. Pero es espectacular y los turistas ingleses se quedan muy contentos con lo exótico del asunto, y los locales cambian heridas incisocontusas por quemaduras de primer y segundo grado, y todos contentos.

Y en la pausa entre el espectáculo taurino (con disculpas al respetable) de la tarde, y el espectáculo taurino-pirotécnico de la noche, de nuevo ha caído lo que aquí se llama un “abatojón”, que es un chaparrón de duración corta pero intensidad honda y sentida, de esas que te hacen pensar que las nubes han decidido que ya que tienen que hacer un trabajo, merece la pena hacerlo bien. Y de nuevo la tierrica de San Julián ha pasado a ser un bello puzzle color gris rata con charcos color café con leche en bellos diseños curvos dejados por las pezuñas de anteriores vacas. Y ya nos temíamos, dada la humedad ambiente y el estado del terreno de juego, que iban a tener que embolar una carpa. Pero no: la Comisión (de Fiestas) ha apechugado valientemente y hemos tenido toro embolao, algo salpicadillo de barro, pero embolao.

Si le pusiéramos las mismas ganas a aprender probabilidades y estadística, nos colarían menos bolas ardientes y embreadas en los periódicos.

P.S. Esta entrada está dedicada a Pablo, que me estará escuchando.