El miércoles pasado venía al campus Kary Mullis, a hablar del descubrimiento de la PCR, cosa que le valió un Nobel de Química allá por el noventa y tres.

Es imposible exagerar la importancia que la PCR tiene ahora mismo en Biología Molecular. Se usa prácticamente para todo. Ha entrado en todos los protocolos antiguos y ha abierto nuevas y casi insospechadas posibilidades a la investigación. Ah, ¿que qué es? Sin meternos en berenjenales, las siglas en inglés significan “Reacción en Cadena de la Polimerasa”, y es una técnica mediante la cual consigues aumentar enormemente la concentración de un fragmento concreto de ADN. No sólo eso, sino que consigues aumentar la concentración de un fragmento de ADN en concreto hasta cuando ese fragmento está en proporción minúscula entre otros muchos. La PCR puede encontrar, genómicamente hablando, la aguja en el pajar, y multiplicarla de tal manera que el alfiletero resultante serviría para cubrir cien pajares. Así de poderosa es. Gracias a la PCR podemos estudiar trazas infinitesimales de ADN que perviven en tejidos antiguos, en fósiles, en minúsculas muestras orgánicas, en microgotas de saliva, en un solo grano de polen, en… en todo, vaya. Sin ella no sería posible (o no sería rentable, lo que hoy por hoy viene a ser lo mismo) la secuenciación de genomas a gran escala, ni la terapia génica, ni muchas otras cosas. No sé si lo he dejado claro: la PCR mola. Y Kary Mullis la descubrió. Así que le dieron un Nobel. Lo cual está muy bien.

Como soy muy cotilla, siempre me gusta enterarme de cómo se descubrieron estas cosas, y además Kary Mullis ha alcanzado notoriedad por ciertas afirmaciones algo, digamos, polémicas. Así que me fui a ver qué decía. Pablo también vino. Y más gente: la sala de conferencias no era pequeña, pero estaba casi llena.

Kary Mullis es un señor no muy alto, sonriente, calvillo, con cierta cara traviesa y aire campechano. Nos empezó a contar su infancia y sus experimentos con su juego de Química, cómo ponían ranas casi en órbita construyendo cohetes caseros, y cómo en sus tiempos los juegos de Química sí eran divertidos, no como ahora… Todo esto contado en un estilo muy sencillo, un poco a trompicones, con muchos paréntesis y muchos aspavientos. Tras un buen rato llegamos a la época durante la que hizo su descubrimiento, que al parecer fue una epifanía: se le ocurrió una noche mientras conducía, y cuenta que lo vio delante de sus ojos como quien ve a la Virgen, sólo que en este caso vio moléculas. Acto seguido anduvo de despacho en despacho, todo excitado, gritando que su descubrimiento iba a revolucionar el campo de la Biología Molecular, en lo cual tuvo razón, mire usted por dónde, mientras se encontraba con la incredulidad y el desinterés de sus colegas, todos, al parecer, repentinamente muy cerrados de mollera. En este punto el hilo de la charla ya se le había escapado un poco (nunca lo tuvo muy sujeto), y lo del Nobel se mencionó más bien de pasada.

Luego Mullis comentó que nos iba a dar una lista de cosas en las que todos estábamos equivocados y él tenía razón. Como empezaba a elaborar bastante cada punto, la lista se quedó con cuatro cosas. He aquí lo que Mullis considera absolutamente falso:


– Hay un agujero en la capa de ozono causado por los clorofluorocarbonos emitidos a la atmósfera.
– El planeta se está calentando a causa de la actividad humana.
– Es necesario proteger la biodiversidad.
– La infección por HIV provoca SIDA.

No pienso entrar en detalles. Es cierto que siempre viene bien que nos pongan frente a cosas que damos totalmente por sentadas y nos desafíen a enfrentarnos a nuestras propias preconcepciones. Pero para que esa postura me merezca respeto, esos desafíos deben hacerse con argumentos en la mano, materiales (en forma de datos) o al menos lógicos. Y no sólo argumentos que apoyen el hecho de que la idea X está equivodada, sino también con argumentos que apoyen el hecho de que tu idea alternativa, Y, tiene más visos de ser cierta. Especialmente en asuntos de la magnitud que Mullis planteó. Todo lo demás es provocar por provocar y no porque lo diga un Nobel me voy a quedar más impresionada. Aclaro que no niego que Mullis pueda tener razón en alguno de esos casos: estoy muy lejos de ser una experta en el agujero de ozono o en el calentamiento global. Pero en otras cosas, como el SIDA, sí que puedo decir que Mullis no presentó ningún argumento que mereciera la pena. Al menos tuvo la decencia de invitar al público a leer la información disponible y formarse su propia opinión, pero eso exige un nivel de conocimientos de biología, medicina y epidemiología que están (lógicamente) fuera del alcance de mucha gente. De mucha gente que probablemente se quedará con la copla de que “un premio Nobel” dice, así sin más y sin respaldarlo con dato alguno, que las muertes atribuídas al SIDA son en realidad causadas por el AZT. Y eso, no. Me van a perdonar, pero no.

En resumen: Kary Mullis tiene merecido su Nobel por la PCR. Aparte de eso, como orador es pobre, como divulgador, deficiente, como provocador, los he visto mejores, y su técnica de debate no impresiona nada, nada, nada. No me ha merecido ningún respeto, la verdad.

A Pablo, parece ser que tampoco.

Y el público tampoco se quedó muy contento.

A ver si la próxima vez traen a Dawkins, o (perdona Vader) a Gould.