Hacía un día centelleante, con un sol de purpurina apenas raspado por un vientecillo fresco de lo más agradable, y yo iba recorriendo el breve trayecto desde la parada del autobús hasta casa. Aprovechando mis años de intenso entrenamiento en USA, iba yo andando y leyendo; en este caso, A Short History of Nearly Everything, de Bill Bryson (muy recomendable, aunque la edición española, de RCA, tiene fallos gordos). Esto de andar y leer a la vez tiene un arte que yo tengo más que dominado, dicho sea sin falsas modestias, de modo que todo iba como la seda.
Total. Que allá iba yo, solazándome física y mentalmente, cuando al enfilar la calle de casa paso junto a un señor que esperaba algo, o a alguien, apoyado contra un coche y con la media sonrisa feliz que se nos pone a todos cuando el sol de Valencia se vuelve así de dulce.
-¿Del oeste? -me preguntó nada más pasé de largo. Al principio, con el cerebro dividido en dos idiomas y algunas neuronas atentas a los peligros orgánicos de las aceras de mi barrio (no pregunten), no entendí qué quería decir. Por un momento pensé que me preguntaba si el autor del libro era de la costa oeste USA, o si lo era yo. Me detuve, me volví.
-¿Perdón?
-¿Es una novela del oeste? -aclaró él, con media sonrisita.
-No -dije, y fue mi turno de sonreir, divertida.
-¿De amor?
-No -dije. Mi sonrisa se ensanchó, saludé con una inclinación de cabeza, me abstuve de decir “de ciencia”, y seguí caminado. No preguntó por una tercera opción. Quizá no se le ocurrió una.