Para todos aquellos, que sé que los hay, que sufren sarpullidos ante la mención del Portal de Belén, Papá Noel, guirnaldas y El Corte Inglés, y que caen al suelo echando espumarajos por la boca a las primeras notas de “El Chiquirritín” o “Campana Sobre Campana”, he aquí una recomendación desde la Oficina para La Salud Mental de La Biblioteca de Babel:

Cerrad puertas y ventanas. Si quiere pasar Papá Noel, que pase: poned un cepo lobero en la chimenea y listos. Espolvoread repelente para camellos en todas las esquinas de la casa, sobre todo en alféizares y balcones. Negaos en redondo a aceptar cualquier tipo de objeto decorado en rojo y verde; en lugar de eso, y si os apetece un ambiente festivo en la casa, colgad flotadores de patito de las lámparas. Esto es serio: vuestra supervivencia está en juego. Evitad a toda costa la tentación de colgar bolitas y ramas de falso muérdago de cualquier parte. Comprad algo de muérdago de verdad y amenazad con dárselo a comer en ensalada a cualquiera que mencione la frase “en estas fechas tan señaladas” (el muérdago, amén de parásito, contiene un veneno muy activo).

Y ahora, sentaos en un sillón cómodo. Poned música en el estéreo: algo de dixieland o un directo del Art Ensemble de Chicago (la música clásica está prohibida porque en Navidad todo el mundo se vuelve de golpe muy exquisito y Haydn golpea cual martillo pilón desde los altavoces de todo pequeño comercio). Jazz. Boleros. Antonio Carlos Jobim. A una mala, aceptamos salsa. Relajaos, servíos una copa de algo que no sea champán ni ponche, y leed “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.

De nada.