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Dicen algunos que “onkalo”, en finés, significa “caverna”. Otros, que significa “oculto”, o “escondrijo”. Se pronuncia como esdrújula, “ónkalo”, cerrando un poco las vocales así de modo muy nórdico. La palabra suena bien, golosa.

Onkalo es el nombre que han puesto al mayor depósito de residuos nucleares del mundo, actualmente en construcción. Una obra ingente, titánica, portentosa, una caverna excavada en granito, una puñalada hasta los mismos higadillos de la tierra para poder volcar en ella residuos radiactivos.

El proyecto de Onkalo tiene mucho de telúrico, mucho de oscuro, mucho del terror atávico y claustrofóbico de la mina, del laberinto con el monstruo en su centro. Permitidme una nota práctica al margen para decir que estas cosas hacen falta, que mientras sigamos produciendo residuos radiactivos habrá que buscarles un hueco, que para los que somos y la vida que llevamos, la energía tiene un precio, y hay que pagar al barquero. Fin de la nota práctica, volvamos al túnel.

Onkalo ha sido diseñada (salvo que los que la diseñaron se equivoquen) para cumplir su función de enquistar el tumor maligno de toneladas de veneno radiactivo. Su construcción durará 120 años. Su propósito es mantener los residuos a salvo, escondidos, aislados del resto del planeta, durante todo el tiempo que los residuos sigan siendo tóxicos.

Es decir, unos 100.000 años.

La humanidad lleva, como tal, unos 50.000 años levantando polvo por aquí. Las pirámides tienen, mñé, 5.000 y pico añitos poco más o menos. Onkalo deberá durar más que todo eso. Más que nosotros, probablemente.

Si eres pesimista (o realista, no sé), no esperarás que el ser humano siga aquí dentro de 10.000 años. Si eres optimista (o realista, no sé), sí supondrás que dentro de pongamos 50.000 años habrá gente aquí en la tierra. Descendientes. Subespecies. Especies nuevas, quizá. Pero algo, algo inteligente.

Onkalo se enfrenta al reto, primero, de construir algo permantente en un planeta que, nos pongamos como nos pongamos, a escalas geológicas está hecho de chicle. Una fisura, una infiltración de agua, y quienquiera que esté vivo entonces se va a encontrar con un marrón serio.

Pero supongamos que lo consiguen. Supongamos que Onkalo funciona, y que su vientre, sellado después de haber sido alimentado con esta extraña y letal papilla, palpita cálidamente en las profundidades, preñado de muerte como un balrog, como una Kundalini apocalíptica. El lugar más peligroso del planeta, quizá.

Si la tierra es una roca estéril para entonces, Onkalo no será más que otro punto de caos en un mundo conquistado por la entropía. Si el planeta está vivo, y hay muchas posibilidades de que sí, puede que la vida que albergue ya no sea la que lo dominó durante unos poquitos birriosos milenios, y lo que quede sea un ecosistema quitinoso de cucarachas y líquenes y escorpiones.

Pero si para entonces nosotros, o algo parecido a nosotros, algo inteligente y curioso, sigue aquí, Onkalo pasa a ser una caja de Pandora sin esperanza al fondo. Conviene no acercarse. Es peligroso hurgar aquí. Stop, decimos. Hay peligro, decimos. Y en nuestro mundo comprensible, ponemos señales para avisar al incauto.

¿Pero cómo se lo decimos, a esta criatura de 50 milenios en el futuro, más ajena a nosotros de lo que jamás ha sido un egipcio de la época de Khefrén? ¿Qué señal, qué icono, qué aviso ponemos en las cercanías de Onkalo que diga “no pasar, peligro de muerte”?

Somos una especie curiosa, atrevida y exploradora, y si quienes nos sigan heredan estos rasgos, ¿de verdad creemos que una calavera y dos tibias, o el equivalente que hallemos, servirá para detenerles? ¿Nos ha servido a nosotros alguna vez?

El Indiana Jones del futuro podrá, quizá, interpretar nuestras señales de aviso. Pero no podrá saber nuestras intenciones, más allá del “no pasar”. Quizá crea que hay un tesoro enterrado, o un secreto que merece la pena desvelar. Quizá piense que sus congéneres tienen derecho a conocer cómo vivíamos los Antiguos. Y quizá nada le detenga hasta que Onkalo le revele su secreto, 50 milenios antes de que Onkalo no tenga nada peligroso que revelar.

Este es el tema de un documental que aún no he visto, pero que tengo ganas de ver, que se llama “Into Eternity”. Debe dejar mal cuerpo, pero no vamos a pretender que con semejante temática acabes cantando canciones de Disney.

El problema de avisar del peligro no es en absoluto trivial, y puede que lo mejor sea lo que algunos proponen, que es no poner nada, ocultarlo, dejar Onkalo bajo tierra sin hacer mención a él, olvidarlo. Y recordar siempre que hay que olvidarlo.

Mientras pensáis en si conviene avisar de un peligro a alguien con quien ya no tenemos absolutamente ninguna referencia cultural en común, os diré que he leído en Nature que un equipo de científicos rusos que ha estado perforando durante años está a punto de alcanzar el lago Vostok, un lago de agua dulce, líquida, bajo 4 kilómetros de hielo. Nadie ha llegado jamás a esas aguas desde hace unos 500.000 años. Nadie sabe qué hay en ellas.

Suponemos que nada especialmente inquietante; al fin y al cabo, no había ningún aviso de peligro.