Empieza a ponerme nerviosa la costumbre de insistir en lo seguro que es o ha de ser todo por estos lares. No te desean felices vacaciones, te desean vacaciones seguras, “a safe holiday”. Un viaje, lo entiendo (“have a safe trip”), pero la cosa empieza a entrar en el terreno de lo surreal cuando te desean un almuerzo seguro o una visita segura. Tanto safe me mosquea. Thanksgiving, safe. Christmas, safe. Ir a comer, safe. Cuando cualquier alcalde o teniente de alcalde aprueba una medida, como la que han aprobado ahora en Bend, Oregon, que prohíbe defecar, o en general oler mal, en los autobuses, se leen cosas raras. El propósito es que viajar en bus sea agradable (lo entiendo) y safe (lo entiendo menos). La manía con la seguridad, sobre todo si los implicados son niños, da una idea del grado de paranoia reinante, que es mucha. Y lo irónico de todo este asunto es que tanta preocupación por la seguridad no viene de, bueno, de preocupación por nuestro bienestar, sino de miedo a demandas judiciales. De ahí los enormes carteles amarillos que explican, en dos idiomas, que el suelo está mojado, precaución. De ahí la frase troquelada en los vasos de cartón para café, “el contenido puede estar caliente”. De ahí los tremebundos avisos en los manuales de los videojuegos sobre ataques epilépticos. Acaba una sintiéndose como un marine en territorio enemigo, y esta actitud sobreprotectora (que presupone que todo el mundo es imbécil y que la única manera de que te apartes si ves que te va a caer una maceta en la cabeza es vender macetas con avisos al público del tipo “Este objeto puede producir graves lesiones o incluso la muerte si impacta contra el cráneo de una persona”) está tan extendida, y sobre todo tan asumida, que cuando alguien me desea un “safe weekend”, les respondo, sin pensarlo: “You too”.