El otro día me compré una caja de mandarinas. No es mi fruta favorita, pero las naranjas últimamente están más bien pochas, y tuve suerte: las mandarinas resultaron ser deliciosas, dulces y frescas. Como hay un montón en la caja, últimamente siempre llevo unas cuantas en una bolsita en la mochila, y cuando me apetece me como una cual si fuera un caramelo.
Ayer estaba en la Beanery y coincidí con Iovanna, una amiga. Era mi hora del café, pero su hora de comer, así que desplegué cinco mandarinas en una servilleta, como cinco soletes, a guisa de postre.
Es época de exámenes, así que la Beanery estaba llena de estudiantes haciendo lo que todos los estudiantes hacemos: estudiar en el último momento. En la mesa de al lado, una chica vestida con un top demasiado pequeño y unos pantalones demasiado grandes, que hasta ese momento había estado enterrada bajo una montaña de apuntes, se levantó y se nos acercó.
-¿Eso son mandarinas? -dijo, y, la verdad, no pudimos negarlo: la evidencia no dejaba lugar a dudas. La chica sonrió como si hubiera encontrado a un pariente perdido hace tiempo.
-¡Son mi fruta favorita! -exclamó encantada-. ¿Dónde las has conseguido?
Con pesar tuve que revelarle mi suministrador secreto de mandarinas: el supermercado. Increíble pero cierto. Le ofrecí una, y reaccionó como si le hubiera ofrecido el tesoro de los Templarios.
-¡No! ¿De verdad? ¿En serio que puedo? ¿No te importa?
Le aseguré que no, no me importaba, que se sirviera a placer.
-Bueno, una chiquitita -dijo, y se llevó a su mesa la más pequeña de todas, apenas mayor que una pelota de ping-pong. Allí quedó la fruta, oronda y cálida, mientras la chica se terminaba su ensalada y leía sus apuntes. Iovanna y yo nos comimos el resto de las mandarinas y seguimos arreglando el mundo.
Al cabo de un rato, cuando yo ya me había olvidado del asunto, la chica se acercó de nuevo a nuestra mesa.
-Estaba deliciosa -dijo tímidamente-. Quería darte las gracias otra vez.
A pesar de todo lo que pasó ayer, el recuerdo de este incidente me mantuvo el buen humor durante todo el día.