Jack Skellington, enérgico, grácil, encantador y totalmente muerto, decidió un día tomar el puesto de Santa Claus. Tim Burton, que estaba allí para verlo, nos lo contó luego en su deliciosa “Pesadilla antes de Navidad”, y Danny Elfman nos hizo escuchar las cadencias de villancicos alegremente siniestros. La musiquita del primer número, This is Halloween, me ronda hoy, obviamente, por la cabeza.
A los demás no, pero algo definitivamente propio de All Hallows Eve ronda en el ambiente, como es natural. Esta noche va a haber fiestas por todas partes. La gente acude disfrazada al trabajo: me ha servido café una camarera vestida a la moda de los 80, me ha cobrado un soldado en uniforme de camuflaje, me ha saludado al pasar un rastafari imposible. Las casas, encantadas pero poco, anuncian sus atracciones -¡adultos dos dólares, niños un dólar!-. La sesión de la tarde es suave, la de la noche, terrorífica. Las calabazas se pudren lentamente en los porches, ayudadas por la tibieza dulzona de las velas de su interior.

Sin embargo, hoy el día ha salido hecho de bronce, con un frío diamantino y una luz metálica que sólo se ve aquí. Un día luminoso como una diapositiva, totalmente inadecuado al supuesto espíritu de la noche de todos los santos -de todos los muertos, de las almas errantes-, un día acrílico y radiante. Hace un rato he salido de casa, a ver si pillaba a algún espíritu errabundo, y la noche era puro hielo. Y silenciosa. Los niños que han salido a practicar el noble deporte de “trick or treat” -deleite de dentistas, pesadilla de padres- lo hacen en zonas más residenciales y más amigables que mi calle, donde apenas hay gente que anuncie su disposición a repartir dulces con las consabidas calabazas y otros elementos de terror diluído en Disney.
Me quejo mucho de que si ahora todo esto se toma a guasa y se ha perdido el lado siniestro y tal y cual. Pero me quejo por quejarme. Si lo pensamos un poco, es mucho mejor lo que ocurre ahora que las oh tan genuinas tradiciones anteriores, cuando la gente salía enmascarada para burlar a los malos espíritus, cuando el ruido en las noches no era por diversión sino para mantener alejada la peste, cuando la muerte se aparecía de tantas formas y en tantos sitios que la única opción era inventar una armadura de cuentos y leyendas para alejar en lo posible el terror en forma de hambre y enfermedades que venía con todos los inviernos.

Así que no hagáis mucho caso cuando me queje. A los que lo celebréis, feliz Halloween. A los que vayáis, buen día en el cementerio. Y que Jack el de la Linterna no se cruce en vuestro camino.